Introducción

Existe una forma métrica cuya venerable edad es tan patente como su ligazón a la institución que la creó: el tetrástrofo monorrimo, más conocido como cuaderna vía. Sus cuatro versos de catorce sílabas y su rima consonante, con esa igualdad fónica cuatro veces seguidas a modo de repetida lección, como si aludiese a su afán didáctico, son la mayor seña de identidad del célebre mester de clerecía.

Tanto el mester de clerecía (“oficio de clérigos”) como su distintiva forma métrica surgieron en el siglo XIII, momento que se considera de apogeo con el primer autor literario conocido en lengua castellana, Gonzalo de Berceo, aunque la obra más original de este mester sea del XIV, el Libro de buen amor, del Arcipreste de Hita. Desde el primer momento, los clérigos querían distinguirse por su mayor calidad literaria, debido a su elevada cultura y devoción religiosa, lo que los certificaba como difusores de un producto literario más “útil”, más didáctico, no meramente noticiero o de entretenimiento, como consideraban al mester de juglaría.

Decía el anónimo autor del Libro de Alexandre, de donde viene el nombre de verso “alejandrino” y el de la propia estrofa, “cuaderna vía” (vv. 4-8):

Mester trago fermoso, non es de ioglaria,

mester es sen peccado, ca es de clerezia,

fablar curso rimado per la quaderna uia

a sillauas cuntadas, ca es grant maestría.

(Anónimo, Libro de Alejandro, Orbis.)

En castellano actual:

Traigo un mester hermoso, no es juglaría,

es mester sin pecado, pues es de clerecía

hacer frases rimadas por la cuaderna vía,

con sílabas contadas, lo que es gran maestría.

(Anónimo, Libro de Alejandro, Castalia.)

De modo que este mester es distinto del de juglaría, por lo que es mejor, porque es de clerecía, sin pecado, y manteniendo el cómputo silábico (“a sílabas contadas”), lo cual requiere mayor esfuerzo y tiene más mérito. En el mester de juglaría, con los cantares de gesta y los romances, según se da a entender, no se mantenía del todo la regularidad métrica, además de que usaban rima asonante, más sencilla.

¿De dónde venía este súbito afán de los clérigos por rivalizar con los juglares en difundir oralmente sus creaciones literarias? Si bien en la Edad Media todos los textos vehiculaban intereses del estamento o institución que los creaba (la nobleza promovía la obediencia y conductas ejemplares, con los cantares de gesta; el pueblo llano, con los romances, se interesaba en la rebeldía), la Iglesia va a buscar, naturalmente, su propio beneficio directa o indirectamente a través del adoctrinamiento que difundía. Las obras de Berceo son el mejor ejemplo: sin restarle calidad literaria, pues era un verdadero maestro en componer, volcaba todo su afán en favorecer los intereses de la Iglesia; por ejemplo, con los Milagros de Nuestra Señora, dando al pueblo la oportunidad de salvarse de las consecuencias de cualquier pecado, fuera cual fuese, con tal de ir a la iglesia (dejando donativos) y venerar a la Virgen. Esto revela un hecho importante: si el clero se esforzaba en convencer a la gente de que fuera a la iglesia, es que no iba a la iglesia, por lo que la sociedad medieval no era tan devota como se piensa.

Sin embargo, Berceo y los autores anónimos del primer mester de clerecía, en el siglo XIII, tuvieron el gran mérito de llevar buena literatura al pueblo, lejos de consideraciones sociopolíticas que desvirtúan el fenómeno literario, pues un producto estético puede ser bueno adoctrine o no. Para estos hombres de la Iglesia fue un gran paso, y hasta un alivio para ellos mismos, el lanzarse a escribir no solamente obras originales, no ya traducciones, ni textos endogámicos religiosos como los Beatos, sino hacerlo, además, en castellano, la lengua de todos los que habitaban en aquellos reinos.

Decía Berceo en la Vida de Santo Domingo de Silos (vv. 4-8):

Quiero fer una prosa en román paladino,

en qual suele el pueblo fablar a su vecino,

can non so tan letrado por fer otro latino:

bien valdrá, como creo, un vaso de bon vino.

(Berceo, Vida de Santo Domingo de Silos, Orbis.)

En la edición de Castalia, en español actual, sería así:

Quiero hacer una prosa en román paladino,

en que suele el pueblo hablar con su vecino,

que no soy tan letrado a hacer otro latino:

bien valdrá, como creo, un vaso de buen vino.

Gonzalo de Berceo (pueblecito, por cierto, junto a San Millán de la Cogolla, en La Rioja, bellísimos lugares y cuna de la lengua española) se muestra tanto generoso como humilde al decidirse a componer en lengua romance, porque así le entienden y él mismo dice que no es “tan letrado” como para hacer otro texto en latín. Espera que se lo agradezcan, al menos, con un “vaso de buen vino”. Seguramente sus honorarios por el trabajo serían bastante más generosos, pero comenzar así un texto es una auténtica delicia. Y un buen trago.

Sin descentrarnos de lo que nos ocupa, la cuaderna vía, Berceo ponía todo su empeño en contar las sílabas con la necesaria cesura, la pausa central, que divide el verso alejandrino en sus dos hemistiquios de heptasílabos:

Quiero fer una prosa (7) / en román paladino (7)

Esta estricta regularidad no la tendrá tan en cuenta el otro gran artista del mester, el Arcipreste de Hita, casi cien años después. Juan Ruiz, el Arcipreste, si es que ése era su verdadero nombre y cargo, en 1330 y con modificaciones en 1343 dio a luz la quizá más genial obra literaria de la Edad Media: El libro de buen amor (o Buen Amor, en mayúscula, como sostenía el profesor José Luis Girón Alconchel en su edición), donde esa falta de precisión métrica da lo mismo, teniendo en cuenta el contenido.

Juan Ruiz sin duda era un clérigo y conocía muy bien su institución desde dentro. Sin embargo, en su obra, no va a promover intereses de la Iglesia más allá del más sano y humano didactismo, con algo de devoción religiosa, pero centrándose en el tema más pecaminoso para ella, el amor. Solamente el hecho de tratar ese tema, de la manera en que lo trata y en cuaderna vía, vinculándose con el mester de clerecía, ya es contradictorio y de lo más gracioso. Básicamente, para quienes no lo conozcan, es una recopilación de ficticias experiencias amorosas, casi todas fallidas, del supuesto autor que se expresa en primera persona, con numerosas reflexiones, fábulas, diálogos entre personajes alegóricos (Don Amor, Doña Cuaresma…),

El autor, con su curioso libro, además de quedarse a gusto soltando toda una serie de historietas llenas de gracia y sabios consejos, busca un fin principal con su obra, que es presentar de esa manera su queja a la abolición definitiva de la barraganía, la posibilidad que tenían los clérigos de tener compañera sentimental extraoficialmente (barragana), siempre y cuando no heredase propiedades ni hubiese hijos reconocidos. Todo esto lo explica muy bien Jesús Meléndez Peláez en Historia de la literatura española, vol. I, Edad Media, editorial Everest (pp. 216-217). Baste con señalar que se quiso rematar el tema de la cohabitación “clericorum et mulierum” en los concilios de Toledo en la primera mitad del siglo XIV. Como respuesta, el Arcipreste redactó esta apología del amor carnal (sin llegar a la lujuria, eso sí), pero siendo recomendable para todos, incluso para él, narrador protagonista, que lo busca incesantemente. Se justifica esgrimiendo la autoridad de los antiguos sabios:

Como dize Aristótiles, cosa es verdadera,

el mundo por dos cosas trabaja: la primera,

por aver mantenencia; la otra cosa era

por aver juntamiento con fenbra plazentera.

(LBA, est. 71)

Aunque el Arcipreste no mencione que tenga que ocultar sus amores, sí que va a escoger como sus objetivos preferentes mujeres discretas, esto es, las que van a guardar silencio: por un lado, monjas, que se juegan mucho si son descubiertas; por otro, “dueñas”, señoras de buena posición, que viven solas, con su propia casa, lo cual solamente podían permitirse estando viudas, con lo que no buscaban marido ni le debían explicaciones a nadie. No deja de dar consejos a los lectores (y lectoras) sobre cómo lograr el amor, advirtiendo de sus engaños a ambos sexos, para ser así más felices.

El tono cercano, simpático, en clave de humor, aunque para nada absurdo, sino ingenioso, será constante en su obra. Será un humor que va a endulzar amablemente enseñanzas serias, en torno al tema del amor o cualquier otro que trate. Por eso al poco de comenzar el Libro lo va advirtiendo:

E porque de buen seso non puede omne reír,

avré algunas burlas aquí a enxerir:

cada que las oyeres non quieras comedir

salvo en la manera del trobar e dezir.

(LBA, Est. 45)

Que se podría traducir como en la edición modernizada de Castalia:

Como de cosas serias nadie puede reír,

algunos chistecillos tendré que introducir;

cada vez que los oigas no quieras discutir

a no ser en manera de trovar y decir.

“Trovar y decir” es “cantar y recitar”, con lo que se refiere a que, si alguien quiere discutir lo que está diciendo en broma, que sea en clave literaria, igual que él, con la intención manifiesta de no tomárselo en serio. Así es la literatura: es ficción, no es verdad, aunque la diga. Como dice Tabucchi en Sostiene Pereira (cap. 4): “La filosofía parece ocuparse sólo de la verdad, pero quizá no diga más que fantasías, y la literatura parece ocuparse sólo de fantasías, pero quizá diga la verdad”. En ello se escuda el Arcipreste para poder decir todo lo que dice, porque es su “licencia”. Gracias a la literatura, se puede decir todo, y es así como las sociedades avanzan. El problema lo tiene quien se toma la literatura en serio, como diría Jesús G. Maestro.

Y, con este “trovar y decir” en clave de humor de los temas más serios, llegamos a la obra que nos ocupa, nada menos que la Biblia. ¿Habría sido capaz el Arcipreste de versificarla “a su manera”? Sin duda, utilizaría la cuaderna vía, como buen hombre de iglesia. Pero no es poca cosa, ya se sabe, una cosa muy larga se dice que es “la Biblia en verso”, como está siendo este prólogo y que va siendo hora de terminar.

El profesor Juan Victorio, catedrático emérito de la UNED, reconocido medievalista, ha seguido la estela del Arcipreste de Hita con una nueva osadía, comenzar a versificar la Biblia en cuaderna vía, manteniendo su hilo narrativo, pero con un poco menos de “santidad”, como se podrá ver, a la par que con esmerado ingenio en “fablar curso rimado per la quaderna uia”. Por citar alguna referencia más del autor, fue profesor en la Universidad de Lieja (Bélgica) y en la Universidad Paris-Nord de París; ganó el Premio Stendhal con su traducción del Cantar de Roldán (publicado en Cátedra, 1984); ha traducido también la Poesía de François Villon (1985), el Roman de la Rose (1987); son suyas las ediciones de las Mocedades de Rodrigo (1982), del Poema de Fernán González (1989) y del Poema de Alfonso Onceno (1991); es autor de obras de teoría literaria como El amor y el erotismo en la literatura medieval (1983), de su más osada obra para los filólogos, su edición del Cantar de Mio Cid (2002) con regularización métrica, incluso es autor de una novela, Alfonso XI el Justiciero (2008).

Dicho esto, damos paso a la Biblia en verso. Esperamos que sea del gusto del auditorio; si es así, “bien valdrá, como creo, un vaso de buen vino”.

***

La Biblia en verso

Juan Victorio

  1. La creación

Todo estaba vacío,  no se veía ná,

da igual que se mirara,   por aquí o por allá,

y meditando estaba   el pobre de Jehová

(¿o quizás es Yahvé?  Bueno, lo mismo da.)

   Pensando si empezar   por la tierra o el mar,

inició una tarea  que le iba a costar

una semana al menos   y eso sin descansar,

pero valía la pena   y  se puso a crear.

  Estando tan a oscuras   que  nada se veía,

lo primero que hizo   fue pensar lo que haría,

y empezó con la luz,   con lo que  preveía

que la cosa marchara   tal como suponía.  

   Conseguida la luz,   viendo que ya veía,

y como todo estaba   vacío  todavía,

empezó con el cielo,   que era donde vivía,

y luego con la tierra,   todo en el mismo día.

   Después pasó a las aguas,  fueron naciendo mares

 en grandes cantidades,    por todos los lugares,

y lagos, cataratas,   el río Manzanares,

unos con mucho cauce   y, los más, regulares.

   Teniendo ya esas aguas,   se puso a meditar

para qué servirían.   Y pensó “pa regar”.

Así que comenzó   de nuevo a imaginar

otras mil ocurrencias   según fuera el lugar.

  Empezó con las plantas   y,  ya  preso de euforia,

se le ocurrió crear  patatas, zanahorias,

por todos los lugares,   en Nueva York o en Soria,

de buena calidad,   que supieran a gloria.

   Creada ya la tierra   pensó :  “¿Qué es lo que queda?

Seres que piensen algo   sin que ninguno pueda

sospechar que sea yo   el que mueve la rueda.

Pues ¡manos a la obra,   hagamos una prueba!”  

Pensó que era mejor   empezar por los mares,

rellenarlos de bichos   diversos a millares,

todos con  sus  parejas   de formas similares.

medusas, tiburones,   anchoas, calamares,

   Después pasó a la tierra,   que temió que sería

una empresa no fácil,   ya que eso suponía

que podría salirle   alguna anomalía,

y se puso a pensar   durante todo un día.

   Le vino ya la idea   y tiró p’adelante,

 surgieron animales ,   mosquitos, elefantes,

culebras por el suelo   y otros seres volantes,

de muy diversas formas,   algunos muy chocantes.

   Meditó de repente   que entre tanto animal

debía haber alguno   que fuera racional,

capaz de distinguir   que no todo es igual  

y si el gran Creador     actuó bien o mal.

   Y exclamó de repente:   “¡Hombre, no es mala idea!

¡Y  ya  que lo he ideado,   le obligaré a que crea

que a mí se debe todo,  cualquier cosa que vea,

¡Manos, pues, a la obra,   y salga lo que sea!

   Y se puso a pensar   qué forma le daría

por que nadie pensase,   (cosa que afearía

su obra tan bien hecha,   o eso le parecía)

que, viviendo entre  monos,   del mono fuera  cría.

   Y le vino la idea,   mirándose al espejo,

de hacer una figura   que fuera su reflejo,

que tuviera un aspecto   de joven, no de viejo,

para que al contemplarse   no tuviera complejos.

  “O sea, como yo,   mi auténtica figura,

y así dominará   con garbo, con soltura,

todo lo que he creado,   y actúe con cordura,

es decir, que no crea   que está a mi misma altura.”

   Y se puso a esculpirlo   de pies a la cabeza

no con marfil, con barro,   que por algo se empieza,

y en solo unos segundos,   sin ninguna pereza,

lo proveyó de todo   sin olvidar la “pieza”.

   Cuando la vio, le vino    este otro pensamiento:

“¿Para qué se la he puesto?  Me surgió de momento.

Para darle algún uso    y se ponga contento,

le haré una compañera    que sea un monumento”.

   Le arrancó una costilla   sin  dudar ni un instante

y le dio una figura   de bonito semblante,

acabada la cual   se la puso delante

a su nueva pareja   que ya estaba expectante.

   Pero aún le faltaba   qué nombres les daría.

Estuvo pensativo,   nada se le ocurría

y se pasó pensando   el resto de ese día

si Nada estaba bien   o Adán más convenía.

 “Adán es más bonito   y, eso sí, original,

nadie hasta aquellos días   se había llamado igual,

y si pasa a la historia,   como será normal,

habrá muchos adanes,   guarros, tontos y tal”.

Y ahora voy por ella :  ¿y si le pongo Eva?

  Ave no, que así evito   que se mueva y se mueva,

buscando en todas partes   que le caiga una breva.

ya sea por el bosque   o dentro de una cueva.

   Una vez ya creados   y en términos muy claros,

les dijo en alta voz:   “¡Venga, a multiplicaros,!

eso sí, de uno en uno,   no vayáis a cansaros

y si empezáis con dos   os  saldrán menos caros”.

  Eso sí, no les dio   ninguna explicación

de cómo conseguir   tal multiplicación,

si sólo con mirarse   con consideración

o si tendrán que hacerlo   en conyugal unión.

   Observando Yahvé  que todo está creado

y sintiendo también   que está un poco cansado

(pues lleva ya seis días   yendo de lado a lado)

decide alzar el vuelo   pues ya se ve endiosado.

2. Adán y Eva

Una vez ya creados,   así, tan de repente,

empiezan a observarse   muy detenidamente

sin perderse detalle,   mirándose de frente

sin el menor rubor,   con gesto sonriente.

   No saben qué decirse,   pues no saben hablar,

cosa que al Creador   se le debió olvidar,

así que pa´ entenderse   han de gesticular

haciendo ciertos gestos  y sin disimular.

  Empiezan observándose  de pies a la cabeza,

se detienen a veces   viendo tanta rareza,

pues hay algunas partes   de singular belleza,

 sobretodo en Adán   con la citada pieza.

   Ya bien examinados,   ya sabiendo lo que eran,

empiezan a arrimarse   en actitud  de fiera

pronunciando sonidos   que ahora entiende cualquiera,

ya sea en arameo   o se exprese en euskera.

    Se inicia de inmediato   la multiplicación,

no toda el mismo día,   no fue de sopetón,

pues no  se siente siempre   el mismo calentón,

y tomaron su tiempo   pa mejor ocasión.

   Una vez realizada   la cosa sin pudor

ven que están en un sitio   que a todo alrededor

parece un paraíso,   de aromas un primor,

incluso había un cactus   de aire amenazador.

   Cogidos de la mano   van dándose un paseo,

Eva dice “¡Qué bello   es todo lo que veo!;

viviendo en este sitio,   o al menos eso creo,

tendremos muchos hijos,  quizás ninguno feo”.

   Lo que más le cautiva,   lo que cree más lozano,

 de aquel jardín florido  es un bello manzano,  

hacia el cual se dirige   con gesto muy ufano.

Pero  Yahvé  le grita:   “¡No metas ahí la mano!

  Tal árbol no he creado   para comer su fruta,

de todo lo demás   de mi obra, disfruta,

sé prudente, obediente,   no me seas tan bruta,

que, si no, acabaréis    pasándolas muy putas”.

   Acabado el aviso    del Gran Omnipotente,

Eva queda confusa   y  escucha de repente

la voz de un ser muy raro,   un bicho repelente

y  exclama al  ver su forma:    “¡Joder, una serpiente!”

 ¿Cómo un bicho tan feo   concibió el Creador?

¿Es que le faltó tiempo  para hacerlo mejor,

y no un bicho sin patas   que me causa terror?

Si en esto se equivoca   me invade el estupor.

  Pues si puede crear   lo que le viene in mente,

podría haber pensado   más detenidamente

para que no haya nadie   que juzgara imprudente

el venir a este mundo   por obra de un demente.

   Es lo que estoy temiendo,  y temo lo peor.

Espero que ese tono   propio de dictador

no se repita más,   que apague su furor,

o haré lo que me plazca.   ¡Lo juro, sí señor!

   A todo esto, aquel bicho   se acercó suavemente,

cosa muy natural,   pues es una serpiente,

y enroscada en el árbol  le dice sonriente:

-¿Te gustan las manzanas?   Pues híncale a ésta el diente.

  -Por muy buenas que estén,   tal cosa yo no haré,

porque nos lo ha prohibido   el fiero de Yahvé,

Me lo dijo muy serio,   no se imagina usté:

“Si comes esa fruta,   ¡ay, ay, prepárate!”.

 -¡Cómo, que os ha prohibido   que comáis la manzana!

Si eso prohíbe hoy,   esperad a mañana,

que vendrán tantos vetos  cuantos le dé la gana

y será vuestra vida   muy vil, dura, marrana.

   Así que os aconsejo   que obréis a vuestro antojo,

porque lo que él pretende   es que cerréis los ojos

no podáis distinguir   si algo es azul o es rojo.

Quiere en definitiva    echaros un cerrojo.

  Eva, tras escucharlo,   quedó muy convencida

de que si al tal Yahvé   debe estar sometida,

mejor no hacerle caso,   darse a la buena vida,

sin pensar en problemas   sean el paro o el SIDA.

   No tardó mucho tiempo   en convencer a Adán

de hacer lo que ella quiere,  y siendo un gran  galán,

se ponen a la obra,   pin pan, pin pan, pin pan,

cumpliendo sus deseos   con frenético afán.

   Desde luego, actuaron    con cuidado, a escondidas,

para que no corrieran    riesgo alguno sus vidas

ya que un montón de cosas   les estaban prohibidas

excepto el procrear   a base de corridas.

   Pero el gran Creador,   o sea el gran Yahvé,

se ha enterado de todo,   ya que todo lo ve,

y lleno de furor   y con muy mala fe

se dice “ahora verán  qué vida les daré”.

  Viendo a los dos desnudos,   y sobre todo a Eva,

en la que se detiene   ya que ropa no lleva,

se le acerca y le dice:  “Te va a caer la breva,

puesto que has sido tú   la que te has puesto a prueba.

  Así que parirás   sufriendo mil reveses,

y vivirás preñada   o siete o nueve meses,

mientras que  tu marido,   que solo piensa a veces,

te hará pasarlas putas   tal como te mereces”.

  Después, enfurecido,  se coloca ante Adán,

diciendo a grandes voces:  “Escucha, so patán,

¿por qué no obedeciste   poniendo todo afán

en lo que te ordené,    gilipollas, rufián?

  Pues de hoy en adelante   verás cómo es tu vida:

se acabó el no hacer nada,  tendrás vida jodida,

deberás trabajar   para tener comida

a base de hierbajos   y cosas mal cocidas.

   Y así hasta que te mueras   y yazgas bajo tierra:

ya que  te hice de polvo,   que no es obra cualquiera,

cual polvo acabarás.   Y ahora ¡fuera, fuera!”

   Ipso facto salieron   de aquel bonito Edén

en donde tanto tiempo   lo pasaron tan bien,

pero nada abatidos,   y con cierto desdén

dijeron decididos   “¡Vámonos, que le den!

   Si nos hizo de polvo,   no se puede quejar,

 hemos echado muchos   sin nunca protestar

pensando en la tarea   de aquel multiplicar.

¡Que multiplique él mismo   a base de sudar!.

   Fueron así expulsados   de ese bello jardín

que quedó bajo guardia   de un cierto querubín

que no habían visto antes,   con pinta de pillín,

que les gritó “largaos”   con cierto retintín.

  Ya no se dice más   de ellos tras la expulsión,

tampoco queda explícita   la multiplicación,

quizás por silenciar   tal proliferación,

o para no alargar   mucho la narración.

   La cosa es que se centra     muy exclusivamente

en Caín y en Abel,  dos niños sonrientes,

pero que al poco tiempo   se enseñaron los dientes

porque no eran iguales    y sí muy diferentes.

  Ambos fueron varones   según Yahvé predijo,

sin pensar en las hembras,   pues siempre las maldijo

aun siendo necesarias   para traer los hijos,

pero Yahvé  actúa   según le dicta el pijo.

  Caín salió el primero,   no se sabe en qué mes,

lo que a sus papaítos   les supuso un revés,

Abel vino más tarde,   un poquito después,

y muy pronto se odiaron   de cabeza a los pies.

 Pues dado  que el comer    ya no les cae de arriba,

ya nada les va igual,   más bien muy mal les iba,

y puesto que la cosa   se les presenta esquiva,

deberán trabajar   de forma muy activa.

   Jugándose a los dados   qué tipo de labor

les toca, ambos soñando   llevarse lo mejor,

sale ganando Abel,   le toca ser pastor

y a Caín, que odia el campo   le toca labrador.

  Pues piensa que tendrá   faena todo el día,

arando tras dos mulas   desde que amanecía,

ignorando si luego   desde arriba vendría

un solazo que hiciera   su tarea baldía.

 Abel, por el contrario,  paseo tras paseo

sentado bajo un árbol   dándose mil garbeos,

exclama al ver vaquillas:   “¡Qué bello es lo que veo,

así que, bien pensado,   me entregaré al toreo!,

 ya que no se me ocurre   otro entretenimiento,

dado que el gran Yahvé   no pensó en su momento

crear algunas chicas,   algunas monumento,

y  así el multiplicarnos   vendría  en gran aumento.

   Se aplica a la tarea,   nacen seres muy rudos

con bellas cornamentas,   muy fuertes, muy forzudos,

que,  pasados mil siglos,   prefieren seguir mudos

pues propagar no quieren   que nacieron cornudos.  

  En cuanto al primogénito,   descontento vivía,

pensaba que Yahvé   le tenía manía

y eso que no había hecho   ninguna fechoría

y se pasó mil noches   pensando en lo que haría.

   Yahvé el sabelotodo,   al verlo cabizbajo,

descendió de su cielo,   (ese era su trabajo)

y le dijo  “Caín,    ¿sabes lo que me trajo

a decirte esta noche?   ¡Pues escucha, carajo!

  Abel es un buen chico,   nunca desobediente,

a todo lo que  ordeno   nunca me enseña el diente,

de modo que si quieres   ser como tu pariente,

debes ser como él,   o a mi furor atente”.

   Después subió a su cielo,   como solía hacer,

y apenas de ese día   llegó el amanecer,

Caín se puso en marcha   y fuese a ver a Abel,

dormido entre sus vacas   con cara de placer.

  “¡Mira qué a gusto está   ese tonto niñato,

sin dar un puto golpe,   gozando todo el rato,

mientras que a mí me toca   siempre pagar el pato

¡ Pero esto se acabó,   ahora mismo lo mato”

   Y sin pensarlo más,  del todo enfurecido

se dirige a la cueva   del niño preferido,

el cual está durmiendo,   pues se oyen sus ronquidos

y cogiendo una hoz   se carga al biennacido.

  Ya no se dice mucho,   apenas casi nada

de Caín tras hacer   aquella salvajada,

solo que conoció   a una no citada

quizás porque de aspecto   no era muy agraciada.

  Eso sí, comenzaron   la multiplicación,

sin pasar mucho tiempo   nacieron un montón,

de mozas y de mozos,   quizá algún maricón

que poblaron el orbe   sin más contemplación.

De aquella población   se dice sin rodeos

que no se amaban mucho,   sí con grandes cabreos

en continuas trifulcas,  siempre armando jaleos 

y cambiando sus nombres:  arameos o  hebreos.     

3. Noé

No consta en el relato   nada con precisión

salvo que se nacía   tras mucho revolcón

y duraban las vidas,   según se hace mención,

no como en nuestro tiempo:   duraban un montón.

   No unos setenta años,    que ya estaría bien:

seguían siendo jóvenes   aun pasados los cien

llevando algunos de ellos   su vida a todo tren,

siendo el más conocido   un tal Matusalén,

 el cual, tricentenario,   siguió teniendo hijos,

(pues en esta labor   obraba a piñón fijo),

y siendo unos vulgares  y otros bastante pijos,

al estar todos juntos   se armaba un revoltijo.

 En fin, de aquella prole  que dispuso Yahvé,

sin duda el más famoso  se llamaba Noé,

también el más querido   no se sabe por qué,

se sabe en todo caso   que nació con buen pie.

  Cumplidos los quinientos,   y entre otros menesteres,

siguió teniendo hijos   de distintas mujeres,

semitas,  jafetitas,   camitas y otros seres

no todos buena gente   cumpliendo sus deberes.

Eso sí, se emplearon   con gran aplicación

en lo más placentero:   la multiplicación,

así que en poco tiempo   creció la población

y empezaron los líos   y se armó un gran follón.

Visto lo cual, Yahvé,  bastante descontento

con lo por él creado,   sin dudarlo un momento

decidió poner orden   y con tono violento

se dirigió a Noé   y dijo: “Escucha atento:

lo mal que van las cosas   no puedo ya aguantar,

y he pensado que algunas   las debo eliminar,

así que ve eligiendo   qué se debe salvar,

pues dentro de unos días   la tierra será mar.

Así que vete armando   un arca de madera,

con su proa, su popa,   como un barco cualquiera,

sin tragaluz alguno   para ver lo de afuera

y que tampoco  sepan  lo que allí les espera.

Pues deberás meter  un montón de animales,

todos con sus parejas,   no los tales con cuales,  

no sea que al juntarse    y  siendo irracionales.

actúen ignorando    si están con sus iguales.

 – ¿Y tengo que meter   bichos de toda clase

sin excepción ninguna   y pase lo que pase?

Pues no quiero pensar   que esto a mí me rebase

y que ante tanto caos  esta empresa fracase.

Así que ¿he de meter   mosquitos, escorpiones,

murciélagos, culebras,   mariposas, gorriones?

Pues en el arca habrá   algunos comilones

que el comer esos bichos   les toca los cojones.

   -No empieces protestando,   se hará lo que hay que hacer,

y a mí, que soy quien soy,   debes obedecer,

no olvides que soy dios    y, como dije ayer,

el que no me obedezca   negro lo va a tener.

Pues bien, en dicho yate   pasaréis no sé cuanto,

pero no te preocupes,  te tendré siempre al tanto;

acaso alguna vez    podréis sentir espanto

pero os auxiliaré    cuando  exclaméis ¡Dios santo!

Así que ¡adentro todos,  que empiezo a diluviar,

que nadie quede fuera   si no sabe nadar,

pues estando en el agua   no tendrá otro manjar

que algún que otro percebe,    quizás un calamar.

  Ya están todos a bordo,   se inicia un griterío,

-¡No te sientes ahí,   que ese sitio es el mío!

 – ¡Qué me dices,  mamón,   no te jodes el tío!

¡Ponte junto a tu suegra   y así no tendrás frío!

¿Y qué hablar de las broncas   que provocaba el vicio,

o de los empujones   para entrar al servicio?

Se forma un caos inmenso   ya desde aquel inicio,

todo es una condena,   se vive un sacrificio.

  ¿Y cómo convivían   las razas animales?

Un poquito mejor,   ya que son más cabales,

sin meterse con nadie,   procreando a raudales,

sus multiplicaciones   fueron algo anormales.

 Es decir, de la cabra   salieron los cabrones,

del perro ladrador  surgieron los ladrones,

del león mujeriego   muchos camaleones

y a las bestias de  monte    les nacen a montones.

En fin, así estuvieron   viviendo día a día

mirando con terror   lo mucho que llovía

y que aquella tormenta,   según Noé temía,

seguiría cayendo   un año todavía.

Sospechó que Yahvé,   estando muy cansado

y en el séptimo día   y con aquel nublado,

decidió que moverse   no era muy apropiado

y siguió entre sus nubes   mirando al otro lado.

  Al fin llegó el momento   que cesó de llover,

los de la barca  entonces   empiezan a creer

que la cosa acababa   y empezaron a ver

aparecer montañas,   quizás el Everest.

Dada la situación,   que parece espantosa,

Noé, puesto en la proa,   le pregunta a su esposa     

si  soltar algún bicho,  paloma o mariposa,

que volando se informe   de cómo está la cosa.

Optó por la paloma,   no sin cierto recelo,

la cual se volvió al arca   después de un largo vuelo

pues no halló ningún árbol,   ni nada sobre el suelo,

cosa que provocó   un  enorme desvelo.

Noé volvió a sacarla  pasados unos días

con alguna esperanza  viendo que no llovía

y el ave,  tras un vuelo  y cuando anochecía,    

volvió con una  rama    provocando alegría.

Pues supuso Noé   que aquel gran chaparrón

se había terminado   y, lleno de emoción,

comprobó que en la tierra   otra repoblación

se había producido   y se alegró un montón.

En cuanto a la paloma   no se vuelve a citar,

cumplida su misión    emigró  hacia ultramar

volando por lo alto,  pues no sabía nadar,

y quizás temerosa   de volver a empezar.

O quizás sí se cita,   ya que si se está al tanto,

Yahvé aparece siempre   tapado tras  su manto  

 y quizás le ordenara,  y a ella le causó espanto,    

ser la progenitora   del Espíritu Santo .

   Una vez  acabado   ese gran chaparrón ,

Yahve ya satisfecho   de aquella sumisión

le espetó  al pobre nauta   sin más contemplación

que podían salirse   de aquella embarcación. 

-Escúchame, Noé:   ya puedes salir fuera,

y también tu mujer,   tus hijos y tus nueras,

tus nietas y tus nietos   y todos los que quieras,

y no olvides  sacar   también  todas las fieras.

Y seguid procreando,   ya que mi creación

no debe  detenerse   con otra interrupción,

así que obedecedme   con total sumisión,

pues estaría bonito   otro nuevo perdón.

Y que salgan también   todos los animales,

pues en el fondo todos   ante mí sois iguales,

los que se creen que piensan   y los irracionales,

ya vivan en los trópicos   o sean esquimales.

 De este Noé nacieron    solamente tres hijos,

que también conocieron,   aunque no es dato fijo,

la famosa experiencia.   Yahvé no lo predijo,

pues Yahvé sólo anuncia   lo que le sale el pijo.

El primero fue Cam,   padre de camorristas,

el segundo un tal Sem,  de los seminaristas,

y el tercero Jafet,   último de la lista,

que poblaron la tierra   según la idea prevista.

De lo que sí se cita   es que  el pobre Noé

se entregó a la bebida,  no se sabe por qué,

desde luego no al agua,   como tampoco al té,

sino al vino tintorro   para apagar su sed.

Tal cantidad  bebía    desmesuradamente,

que cogía una moña   o dos diariamente,

quizás porque pensaba   que era lo conveniente

para olvidar los males   pasados y recientes.

Un día fue encontrado   desnudo en una cueva

gritando entre ronquidos    diciendo “que no llueva,

y si quiere  Yahvé    insistir en la prueba,

que no cuente conmigo,   no le caerá esa breva.»

Cuando Cam encontró   a su padre desnudo,

se quedó sin palabras,   se quedó como  mudo,

su garganta  quedó   como atada  en un nudo

y llamó a sus hermanos   de la forma que pudo.

Lo primero que hicieron   fue ponerle una manta

pues ver desnudo a un padre   de pies a  la garganta

no es nada apetecible   y, si es ya viejo, espanta

y gritan aterrados   “¡Oh, Virgen, Virgen santa!”

Tales gritos hicieron   que Noé, ya consciente,

les echara un sermón   con tono impertinente,

sobre todo  al mayor,   que era el más insolente,

al cual amenazó   y le dijo “Ahora atente:

serás de tus hermanos   el que peor perviva,

ya que fue tu conducta   conmigo muy altiva,

así que no lo olvides,   pues te hablo en cursiva,

y en esto está de acuerdo   ese dios que hay arriba.”

   Quedaron separados   para siempre los hijos,

surgieron los camitas,   que en la cama son fijos,

también los jafetitas,   muchos de ellos canijos,

y luego los semitas,   que fueron muy prolijos.

  Hecha esta división   Noé acabó sus días,

no se dice si triste   o lleno de alegría:

el viejo testamento   pasa de  naderías

y nos deja la historia     hecha un  galimatías.

  4)  La Torre de Babel.

Concerniente a sus hijos,   un tanto enemistados,  

fundaron sus estirpes   una vez separados,

unos  fueron al norte,   otros al sur, o al lado,

ubicación venida   de jugarla a los dados.

Eso sí, prosiguieron   con el mismo lenguaje,

y llegaron incluso   a seguir el linaje,

ya que según la norma   del divino mensaje

debían proseguir   formando mestizaje.

Una vez conciliados   llegaron a la idea

de dejar de vivir   cada tribu en su aldea

y vivir todos juntos   de  la forma que sea

en una gran ciudad   y que no haya pelea.

Ya todos instalados,   conseguida la unión,  

pasados unos días   toman la decisión

de hacer que la ciudad   farde de ostentación

para lo cual se hará  un alto torreón.

Aceptado ese plan,   sin más detenimiento

comienzan la tarea,   inventan el cemento,

fabrican los ladrillos   y lo que venga a cuento,

y se ponen a obrar   sin parar ni un momento.

Eso sí, sin pensar   si el alto torreón

 gustaría a Yahvé:   dada su situación

lo verían de cerca   y esa aproximación

a Yahvé resultara  una provocación.

Y, en efecto, a Yahvé   la cosa le molesta,

no puede soportar   una empresa como ésta,

y decide sin más,   acabada su siesta,

sabotear la obra   cual burlón aguafiestas.

Y la idea mejor  que le vino a la mente

es que nadie se entienda   ni aun con su pariente

confundiendo sus hablas,   de modo que la gente

no pudiera  entenderse   con el que tiene enfrente.

  Las obras iban ya   por la segunda planta,

se oía preguntar  “¿qué tal con tu garganta?”,

cuya respuesta era   “mi suegra es una santa”,

o ”pásame el ladrillo”   “¿la tuya a ti te aguanta?”

    Total que era imposible   cualquier conversación

y dejaron la torre   sin gran elevación,

lo que a Yahvé supuso   cierta satisfacción,

ordenando después   otra separación.

Cada pueblo se fue   tras mucho meditar

unos hacia el desierto,   otros más hacia el mar,

otros, dubitativos,  detestan emigrar

y prefieren quedarse   en el mismo lugar.

5) Abram

Procede de la estirpe   de Sem, era semita,

si fuera de Jafet,   sería jafetita,

ni tampoco de Cam,   la familia maldita:

cuando en ella pensaban,    decían  “quita, quita”.

No emigró su familia,   de modo que Yahvé

siguió siendo su dios,   como cuando Noé,

y como muchos iban   perdiendo algo de fe,

tuvo el dios que advertirles    de andarse con buen pie.

Sintiendo por Abram   cierta predilección

viendo que era distinto,   no uno más del montón

dispuso separarlo   de su generación,

y se le apareció   sin más, de sopetón.

 Se hicieron muy amigos,   se vieron  mucho más,

 Yahvé  siempre  le dijo    “¡ojo por dónde vas,

si vas bien, adelante,   y si no, marcha atrás,

si me haces caso siempre   cuenta que acertarás”.

   Y la primera vez   en que se le aparece

le asesta un buen consejo,  más bien orden parece:

“Abram,  sal de esta tierra   que  a  ti no te engrandece 

y que de todas formas   a ti no pertenece.

  Lárgate sin demora,   que te voy a indicar

por dónde debes ir   y también señalar

las malas maniobras    que debes evitar,

así que obedeciéndome   no te vas a extraviar.

Dispuesto a obedecer,   se quedó meditando

en quién llevar consigo,   hasta dónde, hasta cuándo,

qué ropa se pondría   si le pilla nevando,

y ya dispuesto todo,   se dice “¡pues andando!”

   Y después de un buen rato   toma la decisión

de llevarse a su Sara,   que está como un bombón,

y a su sobrino Lot,   un mozo guapetón

de los que se valdría   según la situación.

  Después de tres etapas   por tierras no feraces

pobladas de alimañas   y gentíos voraces,

imágenes  soberbias    de dioses incapaces  

Abram dice “¡Joder!  ¿y ahora, tío, qué haces?

   Yahvé escucha su voz   y  cree que él es el tío,

pues Yahvé muchas veces    se suele armar un lío

y le dice sonriendo:  “Hola, sobrino mío,

¿cómo es que así me invocas   en dulce desafío?”

  Se produce un silencio   tras dicha confusión,

pero llegan muy pronto   a una aclaración

y Yahvé, sonriente,   tras leve reflexión,

lo manda para Egipto   sin más, sin ton ni son.

   Abram durante un rato,  se queda pensativo,

había oído decir   que allá hay mucho lascivo,

pero no hay otra opción,   y aunque dubitativo,

allá que se dirige   como manda el Altivo.

  Antes de entrar allí   le dice a su mujer:

”Debes tener cuidado:   según me enteré ayer

aquí si te descuidas   te vienen a joder,

y tú, que eres tan guapa,   pronto lo vas a ver,

así que no te expongas,   y esto debes hacer:

como son unos tipos   de vida tan lasciva,

cuando te lo propongan,   no les seas esquiva,

y si creen que hay marido   que verlos te  prohíba,  

diles que eres mi hermana    si quieres que yo viva.

Y así me tratarán   con consideración,

incluso  Abimelec,    su insigne faraón,

el cual, si tú le gustas,   dada su posición,

me privilegiará  con algún galardón.

  Y eso es lo que ocurrió,  pues fue privilegiado

con muchas posesiones   de tierra y de ganado,

pues Sara al faraón  se entrega con agrado,

tanto que al soberano   lo tiene obnubilado.

  Pero ocurre que un día   que ella está desatenta,

su boda con Abram  la boba va y le cuenta,

al cual, así enterado,   la duda le atormenta

de si es él quien merece     portar la cornamenta.

   Esta duda le ofende   y llama de inmediato

al bobo patriarca,   que acude timorato

con pasos indecisos   como si fuera un pato

presagiando (es muy listo)   recibir un maltrato.

  El faraón le grita:   “Di, ¿por qué me has mentido,

por qué no declaraste   que tú eras el marido?

Pues bien, puesto que es tuya,   tú te lo has merecido:

¡largaos al lugar   de donde habéis salido!

  Tuvieron que largarse   sin más contemplación,

pero al poco surgió    otra complicación

que el dios Yahvé no impide,   pues se hace el remolón:

Abram y Lot deciden   una separación.

  Después de  un largo trato   el buenazo de Abram

decide  que lo suyo    es irse hacia  Canán,

tierra muy abundante,   donde no falta el pan,

y que los cananeos   bien lo recibirán.

   En cuanto a su sobrino,   prefiere ir  a  Gomorra,

vecina de Sodoma,   donde de todo sobra,

y le han dicho que allí    todo el mundo se forra

por lo cual  se  imagina     que vivirá de gorra.

 Pasaron unos años    viviendo a todo tren

pues en dichas ciudades   se vivía muy bien,

tanto que  aquí y allá   en furioso vaivén

se acuestan con cualquiera,   no importaba con quién.

   A Yahvé no gustaba   dicha promiscuidad,

y tampoco respetan   su religiosidad,

sobre todo en Sodoma,   pues en dicha ciudad

pulula el sodomita,   vicioso de verdad.

  Así que determina   su desaparición

para que a todo el mundo   le sirva de lección,

pues  él había ordenado   la multiplicación

y eso no era posible   con tanto maricón.

Eso sí, exceptuando  a sus privilegiados,

pues fue el propio Yahvé   el que los ha enviado

y podría creerse    que se ha equivocado

por lo que Abram y Lot   le darían de lado.

  Para evitar la cosa   pensó ser necesario

enviar a su pueblo   a modo de emisario

a alguno de sus ángeles,   que en tono autoritario

les anuncie catástrofes,   como el telediario.

Y comienzan con Lot,  algo desprevenido,

al que le comunican,   como padre y marido,

que se largue de allí,   que Yahvé ha decidido

que todo  alrededor   quedará destruido.

Y Lot,  todo asustado,   a los suyos convoca,

les comenta  la cosa   que a todos  descoloca,

pero sus yernos creen   que les habla un masoca

y se alejan diciéndole   que no abra más la boca.

Los ángeles, al ver   que no les han creído,

esos desaprensivos,  una vez que se han ido

le insisten al buen Lot,   que sí les presta oído,

que se lleve a los suyos   sin hacer ningún ruido.

  Y también les previene   de andar para adelante,

no mirar hacia atrás   y así nadie se espante,

pues Yahvé ha dispuesto   castigo alucinante

y el que no le haga caso,   pues nada, que se aguante.

Y nada más marcharse   comienza ese castigo

desde el cielo Yahvé,   rascándose el ombligo,

y dado que arrasar   nunca le importa un higo,

hace que caiga fuego   sobre el pueblo enemigo.

La familia de Lot   ya se encuentra alejada,

todos a buena marcha,   unidos cual manada,

pero no su mujer,   que es muy maleducada,

la cual, nada obediente,   echa atrás la mirada.

Y apenas lo hubo hecho   se produce el evento:

queda paralizada,   está sin movimiento

y Lot, al no escucharla,   se pone muy contento

pues piensa que lo deja   libre por un momento.

Pero al darse la vuelta   le invade un estupor,

la ve del todo quieta,   se teme lo peor,

la toca y  nota en ella   un extraño sabor,

sabe a sal desde el pelo   hasta el miembro inferior.

 “Desde luego, se dice,   siempre ha sido mujer

con enorme salero,  pero este acontecer

me deja estupefacto,   pues no puedo creer

que esté callada y quieta   sin quererse mover”.

Al verla ya de estatua,   que ya no se movía,

la deja allí plantada   y se va en compañía

de dos hijas que tiene,   pensando si es buen guía

un dios tan truculento   del que ya desconfía.

Se instalan en un monte,   no quiere más ciudades,

piensa que los vecinos   solo aportan maldades,

eligen una cueva   de entre mil oquedades

y allí viven  atentos    a sus necesidades.

  Pasados unos años,   la mayor de sus hijas

le dice a la menor:   “Titi, si bien te fijas,

nuestro papi ya es viejo,   solo come torrijas,

si piensas de otro modo,   quiero que me corrijas.

Dado que aquí no hay tíos,   no podemos ligar,

ni tener descendencia,    y me puse a pensar

que a papi convenzamos   a ocupar su lugar,

y si a eso se opone,   lo hemos de emborrachar.

-Me parece muy bien,  una idea excelente,

aunque a primera vista   parezca repelente.

Además, este asunto   lo ignorará la gente,

¡vamos a emborracharlo   y así mejor le siente!”.

   Aquella misma noche   se inicia la faena,

primero la mayor,   dado que está muy buena,

y luego la pequeña,   que en la cosa se estrena,

y pasadas dos noches    Lot está  hecho una pena.

No se enteró  muy bien   del esfuerzo que hizo,

si la cosa fue dura   o si le satisfizo

pues nunca tuvo fama    de ser alguien macizo,

pero  sin duda alguna   debió rizar el rizo.

 Regresemos a Abram,   el marido emboscado

quejándose a Yahvé,   mirándolo de lado,

recordando el suplicio   de lo que le ha pasado

en el dichoso Egipto   cual cornudo afamado.

   Sabida la conducta   de Sara en otro lecho

reconoció Yahvé   golpeándose el pecho

haberse equivocado  permitiendo tal hecho

y la devuelve a Abram,   que queda satisfecho.

Ya junta la pareja,   hicieron lo debido

y uno y otro olvidando   lo que habían vivido

se centran con pasión   en lo de la libido,

pues no tenían hijo,    al menos conocido.

 Y tenían que hacerlo   sin perder un momento

y aunque Sara era bella     y en la cama un portento,

Abram  siente una angustia:   “¿tendré un impedimento?,

pues ya tengo mis años,   voy a cumplir los ciento”

Pero se sobrepuso,   cumplió con su deber

y tuvieron un hijo   como debe de ser:

el parto no tardó,   aunque era de prever,

y lo circuncidaron   al poco de nacer.

  Pero Yahvé en sus órdenes   es bastante insistente

y, siguiendo su norma,   vuelve a él de repente

repitiendo otra orden   a modo de teniente,

que el pobre Abram acata   cual dócil penitente.

  Le dice: “Coge al hijo   que tienes tan mimado

y llévatelo a un monte   que esté muy elevado

para así ver  de cerca   que, habiéndote creado,

soy el dios al que debes   servir  con gran cuidado.

Debes sacrificármelo   a modo ritual

si no quieres que yo   tome la cosa a mal,

y aunque consideraras   mi petición brutal,

que así lo pida un dios    es algo habitual”

   Al monte se dirigen   sin nada alimenticio,

el padre  meditando    que vive un maleficio

y el hijo no entendiendo   que, yendo a un sacrificio,

no lleven un cordero   para aquel santo oficio.

Y a su padre pregunta   lleno de confusión:

-Papi, no te supongas   que sea un gran glotón,

pero sí  que salíamos   en alegre excursión;

sin embargo, llevamos   caminando un montón

y el no llevar cordero   no tiene explicación.

  El padre, algo azorado,   le dice: “Sigue andando,

que Yahvé nos ayuda   siempre o de vez en cuando,

y nos dirá más tarde   cuando estemos llegando

lo que habremos de hacer.  No sigas preguntando”.

 Ya no pregunta más  ese hijo insolente

y, llegados al sitio,  ese papá obediente

le ordena levantar   un altar de repente

y dice : “Ponte ahí,  y no mires de frente”.

 Y sin detenimiento   se saca del bolsillo

con determinación   un enorme cuchillo,

el que suele usar   matando al cochinillo

dispuesto a degollar   a su tierno chiquillo.

Procedente de arriba   se escucha de repente

una terrible voz   que le dice: “Detente,

no sigas más, que veo   que eres un inconsciente 

e ignoraste la idea   que yo tenía in mente”.

Al oír esos gritos    Abram salta de gozo,

desata a su Isaac   (así se llama el mozo)

y lo abraza mil veces   con enorme alborozo

diciendo “menos mal   que salí de este pozo”.

Acto seguido escucha   un potente balido

de  cabra o de cordero    en  el monte perdido,

se dirige hacia él   con aire decidido,

y lo arrastra hacia sí    por los cuernos asido.

 -Mira, mira, Isaac,   qué bonito cordero.

– Es cabra, pues conoces,  o al menos eso espero,

que la cabra va al monte   en busca de un  tercero,

haciendo así cabrones   con cuernos como apero.

La cosa ya aclarada,   se escucha desde el cielo

un vozarrón que dice:  “Obraste con recelo,

pero has podido ver,   si no eres un canelo,

que te quise probar,   ¡no me seas mochuelo!

 Así que, ya probada   tu total obediencia,

voy a recompensarte   con otra descendencia

que te venerará,    aunque con displicencia, 

 por aguantar mis órdenes   con enorme paciencia “.

  Y Yahvé, que promete   de forma impetuosa,  

apenas muerta Sara,   le procura otra  esposa

que en lo de procrear   se muestra muy ansiosa

y le parió seis hijos,   sí, como si tal cosa.

   Abram no tardó mucho,   casi bicentenario,

en estirar la pata,   dado lo extraordinario

de su fogosidad.   Murió en el urinario

cogiéndose la cosa   como hacía a diario.

  Cuando estuvo en Egipto   y entretanto que Sara

iba de macho en macho   aunque no le agradara,

Abram no estuvo ocioso   y con toda la cara

va y se lía con una,   la cosa no es tan rara,

que también le dio un hijo   al que llamó Ismael,

otro bello muchacho,   un gracioso doncel,

y otros no conocidos,   pues los tuvo a granel,

que lo reverenciaban,   o eso pensaba él.

  Según se lee, cumplían   la multiplicación

siguiendo los mandatos   de ese Yahvé mandón,

tan pronto se encontraban    encima de un colchón,

produciéndose así    la  proliferación.

        6) Esaú  y Jacob

Eran nietos de Abram   por parte de papá,

hijos del primogénito,  es decir de Isaac,

que es de esa gran familia   al que mejor le va

y va teniendo hijos   por aquí y por allá.

Esaú y Jacob   son los más conocidos,

cuyas labores fueron,   cuando hubieron crecido,

Isaac cazador,   que era muy decidido

 y Jacob, menos arduo,  sin salir de su nido.

Y por esa tendencia   hacía la cocina

elaborando guisos   con carne y con cecina,

y cualquier alimento   que se hace con harina,

cuyo olor ya apetece   al que allí se avecina.

Un día le salió   un menú apetitoso

cuando Esaú volvía   de cazar sudoroso,

y a su hermano le pide   un tanto impetuoso

que le sirva  comida,   pues huele a muy sabroso.

Y Jacob, que es muy pícaro,   viéndolo en apretura,

le dice sonriendo:   “De acuerdo, criatura,

pero a cambio de darte   de comer con hartura

me tendrás que ceder   la primogenitura”.

   Muerto de hambre,  Esaú,   un joven no muy cuerdo,

mientras que ya zampaba   le dijo estar de acuerdo

con la boca repleta   de chuletas de cerdo

y soltando también   algún que otro regüeldo.

  Hecho el curioso trato   y los dos muy contentos,

prosiguieron sus vidas   sin otros pensamientos

que disfrutarla a tope   a ritmo polvoriento,

sin tener Esaú   ni un mal presentimiento.

  Pasados unos años,   Isaac ya está viejo,

examina su cuerpo   y solo ve pellejo,

ya está por los cien años   según ve en el espejo

y piensa: “ A Esaú   todo ya se lo dejo”.

 Está ya medio ciego,   apenas ve ya nada,

llama a Esaú gritando,   que está con su manada,

le dice que cocine   lo que a él más le agrada,

chuletas de cabrito   con algo de ensalada.

Rebeca, la mamá,   escucha ese recado

y le cuenta a Jacob,   que está un tanto alelado,

que traiga ese menú   que el padre ha ordenado    

que ella se  ocupará   de tenerlo aliñado.

 Le cuenta la razón   de pedirle tal cosa

que a Jacob le parece   en principio asombrosa,

y acepta, pero teme  que sea peligrosa,

pues si nota que hay cambio  lo mandará a la fosa.

–Pues sabe que ambos somos   del todo diferentes,

él tiene una voz ronca,   la mía ni se siente

y, si algo le extraña   y escucha atentamente,

acabará pensando  que hay alguien que le miente.

  Y no digamos nada   si me toma una mano,

mi piel es pura seda,   la de él es de un marrano,

y en cuanto a nuestra ropa,   de invierno o de verano,

yo visto como un príncipe   y él va cual aldeano.

   Responde la mamá:  “Todo lo arreglaré, 

no tengas ningún miedo,  que yo te vestiré

con ropa muy agreste   y guantes que tiré

porque picaban mucho,   regalo de Yahvé”.

  Ya todo preparado   Jacob con cierto brío

se dirige a su padre   gritando “¡Padre mío!

¡Qué gusto me da verte,   pues pareces un crío,

y ser de quien yo obtenga   todo su señorío!

Y ahora cómete   lo que te he preparado,

verás que te he traído   lo que tú has ordenado,

sé que te gustará,   que será de tu agrado

y si así me merezco   heredar tu legado”. 

-Es verdad, está muy bueno,  ¡Qué pronta fue la caza!

-Es que el propio Yahvé,   que nada me rechaza,

vino a echarme una mano   e incluso despedaza

la carne que te traje,   carne de buena raza.

-Pues bien, acércate   para poder palparte

y comprobar así   que actuaste sin arte.

Pero no, pues tu piel   me  ha picado al rozarte,

eres, pues, Esaú,   te mereces tu parte.

   Y sin más le cedió  esa progenitura

al  tramposo Jacob,  que actuó con finura,

sin que Yahvé, consciente   de aquella travesura

le advirtiera del timo   de Jacob el figura.

  Apenas realizada  aquella transacción,

el ingenuo  Isaac  llega de sopetón

y a su padre le ofrece,   henchido de emoción

aquella comilona   que le costó un pastón.

  Y una vez enterado   por su progenitor

de la suplantación   de su hermano menor,

empieza a decir tacos   contra el dios protector

que deja hacer lo suyo   a cualquier malhechor.

  El timado Esaú  se ha quedado perplejo,

de chico muy simplón   siempre tuvo complejo

y para ver si es cierto   va y se mira a un espejo

y ve cara de tonto   con un triste entrecejo.

  Y, como es natural,   se coge un gran cabreo

que, como es a su hermano,   lo llama jacobeo,

y se dirige a él   y se arma un gran jaleo

reprochándole el acto:  “Lo que has hecho es muy feo.

Y me las pagarás,   hijo de la gran puta.

Si crees que llevarás   en esto la batuta,

mejor es que te largues,  que tomes otra ruta,

así que lárgate,   lo más cerca a Calcuta”.

  Al oírlo, Jacob   se pone en movimiento

sin mostrar desde luego   ningún remordimiento,

iniciando el trazado   al que le empuje el viento

que cree que es lo mejor   para un asentamiento.

Llegada ya la noche   y un tanto fatigado,

busca donde dormir    yendo de lado a lado,

pero dado que está   en un lugar aislado

sólo encuentra un mesón   y está todo ocupado.

Maldiciendo a Yahvé   con palabras groseras

va buscando un lugar   de buenas a primeras,

con su mente ideando   mil tipos de quimeras

de lo que va a pasar   si por allí habrá fieras.

Después de meditarlo   decide finalmente

quedarse en cualquier sitio   por más que no haya gente

y coge lo primero   que encuentra de repente:

una piedra suave   donde posar la frente.

Y tumbado en el suelo   empieza a dormitar,

después de unos ronquidos   va y se pone a soñar

que está tocando el cielo   (son cosas del azar)

y vienen unos ángeles   de aspecto singular.

Bajan por una escala   por más que son alados,

serafines, arcángeles  y más por todos lados

con rostros juveniles   un poquito alelados

y cantando unos himnos   que sonaban a fados.

Se acercan dando vueltas    escoltando a Yahvé,

que le dice a Jacob   “¿Cómo se encuentra usté?”

Jacob, patidifuso,   le responde “Ya ve,

un poquito cansado   de haber venido a pie”.

–Lo entiendo, pero escucha,  yo soy el creador

de todo lo que existe   y ves alrededor,

así que a mí me debes   respetar con fervor

si no quieres, mocito,   llevarte la peor.

Así que, si obedeces   con total sumisión,

te favoreceré,   ganarás un montón,

tendrás muy buenos puestos   así, sin ton ni son,

con tal que cada día   me reces la oración”.

  Lanzado este mensaje,   Yahvé se vuelve al cielo

seguido de sus ángeles   formando un gran revuelo,

y Jacob,  que aún se encuentra   tumbado por el suelo,

se pone a meditar   la cosa con recelo.

Piensa que lo ocurrido   pudiera ser verdad,

pues siendo analfabeto   toda la irrealidad

tiene su fundamento,   como la oscuridad.

y lo menos costoso   es la credulidad.

Y después de pensar    lo que le viene in mente,

dice: “Si esos bienes   me llegan de repente,

si no me falta nada   le seré buen creyente,

pero si era una broma,   que busque otro inocente”.

Después de esta experiencia   reanuda su camino

y de pronto se encuentra   (son cosas del destino)

con una tal Raquel   con un cuerpo divino

hija de un personaje   del cual él es sobrino.

Viene con su rebaño,   le gusta ser pastora

y así pasar la vida   gozando a todas horas,

y al ver a Jacobito   que al mirarla se azora,

exclama “¡Primo mío,   vas a enterarte ahora!

Lo coge de la mano   y lo lleva a su casa,

 al llegar a la puerta   le  grita : “Pasa, pasa,

 mi padre se pondrá,   aunque es de risa escasa,

contento al reencontrarte,   no lo digo de guasa.

  En efecto, ese tío   que se llama Labán,

lo estrecha entre sus brazos:  “¡Coño, un nieto de Abram!

¿Y cómo están tus padres,   sus cosas cómo van?

Y tú ¡qué guapo eres,   qué pinta de galán!

  Así que  quédate,   desde hoy eres mi ahijado,

vivirás con nosotros   según te hayas portado,

y empiezo a encomendarte  que cuides el ganado

y si todo va bien    serás recompensado”.

  Pero Jacob impone   esta otra condición:

que le entregue a Raquel   y eso sin discusión,

pues desde que la vio   le ardió su corazón

y que sea su esposa  es la mejor unión.

Pero  Labán no acepta    y afirma con rigor    

que se case con Lía,   que es la hija mayor:

debe seguir la ley   que dicta el superior

si desea gozar   de una vida mejor.

Al oír tales cosas   Jacob mudo se queda,

y piensa que se hará   como mejor proceda,

así que se actuará   según gire la rueda

y llevar una vida   que soportar se pueda.

Así que, obedeciendo,   se emparejó con Lía,

a la que embarazó  ya desde el primer día,

pero sin olvidar   a la que más quería,

que también le dotó   de numerosa cría.

Una y otra sumaron   copiosa descendencia,

pues ambas se emplearon  con furiosa indecencia,

de modo que Jacob   acabó en impotencia

de tanto dar placer   a dicha competencia.

De allí surgen las tribus    de Israel tan famosas,

se cree que fueron doce,   no están claras las cosas,

pues Jacob se acostó   no sólo con esposas,

también con sus sirvientas   a las que ve algo ansiosas.

Pues entre ambas hermanas   había enemistad,

su herencia dependía   de su fertilidad,

y para no perder  ni por casualidad

tiraron de sus mozas   para su prioridad.

  Así que el pobre hombre   se pasó muchos años

follando a todo trapo,   sin pensar en los daños

que pudieran surgir   y formando  rebaños

que aun formando familia  se miran como extraños.

Las disputas surgieron   entre primos o hermanos,

ya no se saludaban,   llegaron a las manos

se insultaban con furia,   llamándose marranos,

sin pensar en su padre,   que ya era muy anciano.

Estaba de sus hijos   harto, desesperado

de sus continuas luchas,   robándose el ganado,

y también de Yahvé,   que lo tiene agobiado,

en fin, está hecho polvo   de los que había echado.

Y por si fuera poco   su nombre ha de cambiar,

Jacob parece pijo,   no de hombre a respetar,

así que el dios de siempre   lo vuelve a bautizar

y le pone Israel   para hacerle rabiar.

7)  José

La última disputa   que soportó Israel

fue entre sus propios hijos   en lucha sin cuartel,

pues todos suponían   que el mejor fuera él

en recibir la herencia   y no el otro o aquel.

Todos eran iguales   en sus aspiraciones,

querían lo mejor   en las reparticiones

y hablan mal de su padre  sin más contemplaciones

el cual ya estaba de ellos   hasta, sí, los cojones.

Un día está con ellos   cuidando del ganado

José, que es el pequeño   y por eso el mimado,

que escucha silencioso   el irritante enfado

que tienen  con un padre   al que miran de lado.

Y también a José,   al que empiezan a odiar

y a mirar con desprecio,   como era de esperar,

sobre todo después   de atreverse a contar

un sueño que ha tenido   y que invita a escuchar.

  “Soñé que en  plena noche   llena de oscuridad

aparecía el sol   con gran intensidad

para alumbrar mis pasos   con plena claridad

y a vosotros mostraros    mi superioridad”.

  Al oírlo se quedan    que no saben qué hacer

si mandarlo a la mierda   o  hacerle enmudecer

para siempre y así   piensan el proceder

que deben emplear   para este menester.

El método ideado  es arrojarlo a un pozo,

manera que de entrada   aceptan con gran gozo,

y en medio de risitas  y con gran alborozo

se ponen a arrojar    a ese estúpido mozo.

Pero entonces  Rubén,   uno de sus hermanos,

les dice que es mejor   no ensuciarse las manos

y venderlo a unos tipos   con pinta de egipcianos

que pasan por allí   cantando gregoriano.

  La idea es aceptada,    piensan que es lo mejor,

puesto que si lo matan   tendrían pavor,

mientras que si lo venden,   y si es al por mayor,

sacarán unas pelas   para el retrovisor.

  Conducido hasta Egipto,  el pobre de José

fue vendido de nuevo   sin que el digno Yahvé

intercediera en nada,   diría “¿Para qué?

si en la vida hay de todo:   para eso la creé”.

  Una vez en Egipto   y nada más llegar

lo compró un gerifalte    llamado  Putifar,

no se sabe por qué,  pero es de sospechar

que llamándose así   es fácil acertar.

Quizás  era putero   que va de farra en farra,

amante de gozar   con  tipas algo guarras,

y también con chavales   fueran o no macarras

gastando un dineral,   subiéndose a la parra.

  La cosa no está clara,   pero este Putifar

le tomó un gran afecto   y lo acogió en su hogar,

lo hizo mayordomo ,   le hizo progresar

y fue muy apreciado   y causa de envidiar.

Pero surgió un problema:   pues ya desde el inicio

su mujer, Putifina,   lo puso a su servicio

y como era una hembra   muy amante del vicio

decidió aprovecharse   de ese casto novicio.

 Y  comenzó a invitarlo   a venir a su lado,

ya fuera en el salón   o en algún sitio aislado,

sin reparar en nada,   sin el menor cuidado,

lo que al pobre José   lo tiene preocupado.

  Y sucedió que un día   se lo llevó consigo

hasta su habitación,   pensando  “¿Y si consigo

obtener de este mozo   tan esquivo conmigo

que me dé lo que busco   como hace un buen amigo?”.

Así que una vez dentro    lo arrastró hasta su lecho,

la ropa se quitó   para mostrarle el pecho,

ante lo cual José,   que era un poquito estrecho,

salió huyendo de allí    llegando hasta un barbecho.

Tan rápido salió,   que le voló su manto,

mas no volvió a cogerlo  dado su gran espanto,

ella salió tras él   diciendo  “esto no aguanto”,

 y se puso a gritar   lanzando un falso llanto.

Le dijo a su marido:    “Ese desvergonzado

se quiso aprovechar   cuando estaba a su lado

creyendo  que la cosa   sería de mi agrado

y empezó a desnudarme   el muy mal educado.

Yo comencé a gritarle,   a retirar sus manos

y al verme furibunda   estando tan cercano,

empecé un griterío   que asustó a ese villano,

que se puso a correr   cual caballo alazano”.

  Al oír el marido   el cuento de su esposa,

temió que de su testa   surgiera cierta cosa,

la misma que  a los toros    cuando se les acosa,

y salió tras sus pasos   con intención furiosa.

Una vez atrapado,   pues no llegó muy lejos,

le dijo: “Te has portado,  so incívico pendejo,

de forma vergonzosa   huyendo cual conejo,

pagarás en la cárcel   tu indecente cortejo”.

Pasó un tiempo entre rejas,   pero él tan campante

al recibir buen trato    de sus dos vigilantes,

que tienen unos sueños   un tanto extravagantes

que José les explica    cual sabio  nigromante.

Lo que le dio gran fama,   y como el faraón

también tiene unos sueños  con gran perturbación,

quiere  también tener   una interpretación,

y manda que lo traigan    ante él sin dilación.

 José, cuando se ve   ya frente al soberano

se queda pensativo   si ha de echarle la mano

o quedar de rodillas   al uso franciscano

hasta que aquel le indica   que se siente cercano.

Pues ha sido llamado   para que le interprete

un sueño que ha tenido:  estaba en el retrete

y se quedó dormido   en medio del apriete

soñando que se hallaba   por campos de Albacete.

Pastaban  por allí    siete vacas hermosas

que fueron atacadas   por otras lastimosas

que con gran  apetito   y miradas ansiosas

dieron cuenta de aquéllas   de unas  formas  lustrosas.

A pesar de lo cual,   siguieron esqueléticas,

como si  prosiguieran   unas vidas ascéticas,

lo que le hizo tener   ideas hipotéticas

de tener contenido   de amenazas proféticas.

  -Es un sueño curioso,   lo sé por experiencia,

pues he tenido muchos   desde mi adolescencia

y me matriculé   en esa docta ciencia,

que estudian los sicólogos   que explican evidencias.

Pues bien, en esos sueños ,   querido faraón,

tus dioses te previenen   con anticipación

que vendrán unos años   de gran ostentación

seguidos de otros tantos   de total abstención.

Debes tenerlo en cuenta   y tomar precauciones,

aquellas vacas gordas   anuncian  vacaciones,

pero las esqueléticas      continuas    privaciones,

así que   lleva todo   con un par de cojones”.

   Quedó muy convencida    de la interpretación

aquella corte egipcia,   y más el faraón,

que quedó pensativo,    dada esa situación,

si darle un alto cargo   como  compensación.

Al cabo de un minuto,   o quizás de repente,

dado que el gran Yahvé   alumbra cualquier mente,

el faraón decide   poner a José al frente

de todos sus asuntos,   pues lo ve inteligente.

  Pero ahí no se acaba   su generosidad,

también le dio una esposa   bonita de verdad

que además pertenece   a la alta sociedad,

y por si fuera poco,   de gran fogosidad.

A la que en poco tiempo     le nacieron dos hijos,

se pusieron a hacerlos    los dos a piñón fijo

y además  en la época    de productos prolijos,

de modo que ninguno   les naciera  canijo.

  Durante aquellos años   de fértil abundancia,

 Egipto  obtuvo  fama   por esa exuberancia     

 y hasta allá  van llegando,   daba igual la distancia,

 pueblos  necesitados   en  busca de sustancia.

   También el de Israel,   que de todo  escasea,

hasta Egipto va en busca   a modo de odisea

de cualquier provisión   y con la gran tarea

de llevarla a su tierra   de la forma que sea.

  Así que los hermanos   del José poderoso

se presentan  ante  él,    que los mira curioso

de que no lo conozcan   y queda sospechoso

de que crean que está   en eterno reposo.

La sorpresa fue grande   una vez frente a frente,

José los fue tratando   de forma prepotente,

sin llegar a decirles   que de ellos es pariente

y les hace que paguen   por su acción precedente.

Al cabo de algún tiempo,   se arreglaron las cosas,

a la ira inicial   le siguió otra de rosas,

pues hicieron las paces    de formas  armoniosas

y recibieron  bienes   y    ganancias  cuantiosas.

Vueltos a su lugar   a su padre le cuentan

la odisea vivida,   con datos que  se inventan

para darse más pote,  y el padre experimenta

su alegría más grande   pasados los noventa.

  Y decide ir a Egipto   para ver a José

al cual creía muerto:   el ubicuo Jahvé

nunca le ha contado,   él sabrá por qué,

la odisea vivida   que apenas se cree.

Y allá que se encamina   colmado de ilusión,

y en cuanto  que se ven   se dan un apretón

que dura unas dos  horas,  lo cual al faraón

asistente  al encuentro   le llena de emoción.

Les permite  quedarse   y llevar  buena vida,

les concede  favores,    les ofrece corridas

con tal de que se traten   tras la  vida  vivida

sin más enfrentamientos   o los echa  enseguida.

Una vez padre e hijo    en dulce compañía

pasados unos años,   llegó el nefasto día

en que Jacob sintió   que su final venía,

y a José comunica   los planes  que tenía.

No quiere que sus huesos   queden en tierra extraña,

sino que los entierren   en su antigua cabaña,

se lo dice llorando,   no como quien regaña,   

pidiendo a un camarero   que le ponga una caña.

Una vez consumida   llegó su último día

dejando a sus parientes   ( no a todos los quería)

algunos  apenados,   otros con alegría,

pero obedientes todos,   como antes sucedía.

Una vez acabada   la famosa odisea

de aquella gran familia,   José ya no desea

llegar a ser muy viejo,   y además ya cecea

y por si fuera poco   también se tambalea.

Así que siendo ya   un débil centenario,

ya con ciento diez años   según su calendario,

Yahvé  exige su muerte   con acta de notario

y él no puede oponerse   al dios autoritario.  

  

8)  Moisés

(Nota del editor: este capítulo lo escribió el autor con anterioridad, de ahí la distinta voz narrativa y otras posibles diferencias.)

Por lo que en la Biblia leo

Moisés fue de padre hebreo,

y además nació en Egipto

tierra de un Ramsés estricto, 

que, harto de esos emigrantes,

muy molestos habitantes,

mandó que se les matara

y que allí nadie quedara,

empezando por los niños,

fueran negros o lampiños,

ignorando el tal Ramsés 

que entre ellos está Moisés.

Su madre, muy asustada,

se dijo «no pasa nada:

voy a meterlo en un cesto,

bien tapado, bien dispuesto,

y lo lanzaré en el Nilo:

¿existe un mejor asilo?»

Y allí que mete al bebé,

muy confiada en Yahvé.

Allí lo encontró la hija

de Ramsés, chica muy pija,

que solía ir a bañarse

(lo prefería a ducharse),

y enternecida ante el crío

se dijo «diré que es mío

y si se da la ocasión,

quizás llegue a faraón»

Y en la corte con primor

hasta que ya fue mayor.

fue criado tiernamente,

hasta que cumplió los veinte.

No se tienen noticias    del resto de su infancia:

quizás por anodina    no se nos dice nada,

quizás porque fue un golfo   de vida disipada

o quizás porque fue    de gran irrelevancia.

Ya siendo un jovenzuelo    la Escritura nos cuenta

que un día, paseando,   quedóse horrorizado

al ver cómo azotaban   a un hebreo amarrado

sin compasión ninguna,  de forma muy violenta.

Y al ser muy compasivo,   no pudo soportar

que a ese pobre indefenso   le dieran tanta leña,

por lo que a su defensa   se decide y empeña

y a aquel maltratador    comienza a preguntar:

 ¿Eh, tú, hijo de puta,   por qué tanto le arreas?

Y el otro le responde:   ¡Qué cojones te importa! 

Y Moisés, que esos modos    no acepta, no soporta,

le sacude una hostia   (o quizás una oblea)

Ambos a dos se enzarzan   en muy ardua pelea,

se dan golpes y golpes,   se cogen de sus partes,

y, dado que Moisés   en las marciales artes

es un gran campeón,    lo deja que no veas.

Con su rival acaba   de un tremendo guantazo,

y dado que en la corte   era un gran protegido,

al enterarse que era   el líder de un partido,

huye antes que Ramsés   ordene echarle el lazo.

Perdido en pleno campo   y lleno de pavor,

se dirige a un paraje    donde le agobia el hambre:

no hay nada que comer,   verduras ni fiambre,

y de pronto aparece   un benigno pastor.

 También es sacerdote,   curiosa coincidencia,

que se apiada de él    cual dulce protector,

y pues tiene una finca,   lo pone de pastor

que cuide del rebaño.   ¡Eso es clarividencia!

 Y, como buen pastor,   no se le escapa oveja,

las cuida bien a todas,   ninguna se le escapa,

se ve que con el tiempo   podrá llegar a Papa,

pues su benefactor   de él no tiene queja.

Guardando ese ganado    en un fin de semana,

sin otra ocupación   que mirar el paisaje,

Yahvé se le aparece   de forma algo salvaje

(pues Yahvé se aparece   como le da la gana).

 Y ha decidido hacerlo    en una zarza ardiendo

sin que saliera humo,    sin extenderse el fuego,

de modo que Moisés,   que no comprende el juego,

se queda estupefacto   y termina riendo.

De pronto oye una voz    de tono tenebroso

que dice «¡No te rías,   apaga ya esa risa!»

Y Moisés, asustado,   de forma muy sumisa,

exclama: «¡Dime, dime,    de oírte estoy ansioso!»

   Y escucha estas palabras   dichas solemnemente:

«Soy el Dios de tu padre,    soy el Dios de Abraham,

de Isaac, de Jacob,   que algo te sonarán,

y te vengo a anunciar    algo que tengo in mente.

 Te vengo a designar    de mi pueblo el pastor

para que lo conduzcas    mientras dure tu vida

a un lugar muy turístico,   la Tierra Prometida,

de todos los lugares   sin duda es el mejor.

 Pues aun siendo un desierto,   haré que de allí fluyan

muchas exquisiteces,   mucha miel, mucha leche,

mucha carne y pescado   fresco o en escabeche,

de manera que nadie    de ese paraje  huya».

Y termina diciendo:    » Pues Yo soy el que soy,

y lo que Yo prometo   ¡vivo Yo que se hará!»

   Y Moisés, convencido   de que esto así será,

se dice decidido:   «Pues allá que me voy».

   Recibido el mandato   con tan firme mensaje,

Moisés no se lo piensa    y a su pueblo convoca, 

les cuenta mil ventajas    que salen de su boca 

para que no renuncien    a tan dulce paisaje.

Todos quedan contentos,   todos muy convencidos

de que al salir de Egipto    quedarán liberados:

dejando ese país   donde son maltratados

 vayan adonde vayan    serán bien recibidos.

Así que sin dudarlo    su equipaje preparan

reúnen sus familias    con  la suegra incluida

(algunos así sueñan  la Tierra Prometida,

ninguno que con ella   en su mal no repara).

Pero nadie imagina    que aquel gran faraón

no quiere desprenderse   de tanta servidumbre,

pues no son unos pocos,    son una muchedumbre,

y decide abortar   la sacra expedición.

  Así, pues, ha ordenado   que no salgan de Egipto

y a su ejército ordena    impedirles el paso,

no reparando el bobo    que se debe hacer caso

a lo que ordena un dios   en todo muy estricto.

  Así que el gran Yahvé     castigarlo decide

y le envía diez plagas   todas ellas cruentas

(o quizás fueran más,   no están claras las cuentas)

por mostrase contrario  a aquello que un dios  pide.

  Así que el tal Ramsés   ya bien escarmentado,

les deja que se vayan   adonde quieran ir,

y ese pueblo elegido   decide proseguir

el éxodo que nadie   se había imaginado.

Pues lo que les espera    no es ninguna bobada:

atravesar desiertos,   pasar mucha calor,

que las suegras prosigan   causando malhumor,

y otros muchos pesares,   ¡pues no les queda nada!

  El primer contratiempo    fue llegar al Mar Rojo,

que les impide el paso,   pues no saben nadar,

ni aún existen cruceros   que les hagan gozar

y contemplar las costas   cada cual a su antojo.

 Así que lo primero    que decide Moisés

es que para que a cabo   se realice bien todo,

se deben alinear,   unidos codo a codo,

en filas alineadas   de dos o tres en tres.

   Y empiezan a surgir   muy grandes discusiones:

«tú aquí no te me arrimes,   que yo a tí no te aguanto

tú, macho, lárgate,    que me causas espanto»,

en fin, muchas disputas,   turbulentos follones.

Una vez ya  dispuestas     las aguas a ambos lados

se adentran en el cauce     en firme formación,

unos hablando poco,    otros en oración

andando con prudencia,   incluso alguno a nado.

    Por fin logran llegar   exhaustos a la orilla,

se ponen a aplaudir    invocando  a Yahvé,

todos muy satisfechos    de lo bien que les ve

y soportando un sol     que abtasa y acribilla.

  Pues dan en el desierto,   un lugar deslumbrante

que habrán de atravesar   rezándole a Yahvé,

y al no tener camellos    tendrán que hacerlo a pie,

lo que hace  que se añore    la vida que hacían antes.

   En efecto, han llegado   a un enorme desierto,

cuando se les habló   de una tierra florida

que les haría a todos   pegarse buena vida,

y sin embargo temen   que su infierno se ha abierto.

  Esa tierra feroz   se llama Sinaí,

por donde ya caminan   un tanto fatigados,

de aquella gran promesa   ya muy desengañados

y todos preguntándose   «qué coño hago yo aquí».

  Se originan  entonces   grandes desilusiones,

se preguntan sin pausa   qué hacen en esa tierra,

en aquel territorio,   y además con la suegra,

y a producirse empiezan   algunas deserciones.

  El pobre de Moisés,   un tanto confundido,

se ha apartado del grupo,   está meditabundo,

y no queriendo oír   a ese ruidoso mundo,

al monte Sinaí    sudando se ha subido.

Se queda pensativo,   en silencio sumido:

allí no se oyen voces   y se pone a pensar

si Yahvé no ha querido   una broma gastar

diciendo que ese pueblo   es el pueblo elegido.

Y en medio de sus dudas,   de un estruendoso trueno

salido de unas nubes   que nadie se esperaba,

se oye una voz inmensa,   no amable y sí muy brava,

que le empieza a soltar   mil reproches sin freno:

   «¿Pero cómo es que dudas    de quien te ha designado

ser conductor de un pueblo,    su líder y su guía?

¡No me fastidies, tío,   sigue la misma vía,

que nunca me equivoco    en quien he confiado.

    Así que en adelante   escrito en documento

te paso la conducta  escrita en estas tablas:

no son ninguna broma,   tampoco meras hablas,

son, querido Moisés,   órdenes, mandamientos.

   Y para que se vea   que esto yo lo he mandado

para que nadie olvide   cuál es su obligación

y se atengan a ello,    que lo quieran o no,

las tablas son de piedra,    y  no papel mojado».

   Moisés,  al  escucharlo,    quedó un tanto confuso,

agarró aquellas tablas,   leyó esas instrucciones,

y tras hacer después   algunas reflexiones,

su aspecto mejoró,     su gesto recompuso.

  Y con  ellas  desciende    de ese monte al instante,

y aun siendo cuesta  abajo    lo hace a paso lento,

ya que para bajar   con tanto mandamiento

escrito sobre piedra   se necesita aguante.

  Pero dicha alegría     se convierte  en enfado

cuando  ve  que  su  pueblo,    carente de decoro,

se  había  construido    un gran becerro de oro,

ante el cual todo el mundo   se muestra  arrodillado.

Y Moisés  se  imagina   que cierta mano negra

les quiere  proponer  seguir otro camino,

una vida carente   de tanto desatino,

en vez de proseguir   una vida tan perra.

  Al ver tal situación    se coge un gran cabreo

pues ve que todo el mundo   está feliz, se alegra

aunque tengan al lado    a su indomable suegra

y dice: «No es posible,   no creo lo que veo».

  Y preso de repente   de un divino terror,

le arrea a ese becerro   tal golpe con las tablas

que incluso hasta las suegras   se  han quedado sin habla

y ante tanto destrozo   se temen lo peor.

   Hecho lo cual, les echa  una gran reprimenda:

«Os habéis vuelto locos,   vais  hacia  un  precipicio,

¿queréis seguir viviendo   en territorio egipcio?

Si no es así, seguidme,   el que guía es el menda».

  Así de convencido   ese pueblo tan manso

se pone a recoger   las tablas astilladas

hasta recomponerlas   todas bien ordenadas

y siguen el camino    sin el menor descanso.

Y para  bien  premiar    esa gran devoción

que ese elegido pueblo   le muestra al gran Yahvé,

el dios,  ya   no queriendo   mandar otro revés,

repite otros milagros,   aunque con precaución.

 Nada de alimentarlos   de productos grasientos,

nada de solomillos   ni costillas de cerdo,

ni que bebiendo vino   les lleve a no estar cuerdos;

les va a proporcionar    frugal  mantenimiento

Así que desde el cielo   les llueven chaparrones,

en grandes cantidades,   como un diluvio nuevo,

eso sí, de agua dulce,   que se la pone a huevo,

que el pueblo,  precavido,    almacena en porrones.

 Pero como los dioses   con poco se cabrean

y no olvidan ofensas,   les manda otro castigo:

que maten a sus padres,   a  sus  suegras, amigos,

para que, de este modo,   su pecado bien vean.

 Así que se reinician   olvidadas  disputas,

se saldan muchas cuentas  y mueren en un día

más o menos tres mil   obedeciendo al Guía,

siguiéndole sus pasos  y pasándolas putas.

Y para que  las tablas   no se rompan de nuevo,

y que no se repita   el pasado espectáculo,

manda que se protejan   en firme Tabernáculo,

recubierto de oro   aunque costara un huevo.

Hasta que al fin divisan   la prometida tierra,

no como imaginaban:    mirando lo que hay,

ven matojos, arbustos,   algún que otro bonsai,

y  al ver tal paraíso   todo el mundo se aterra.

 Quedan  estupefactos   contemplando el paisaje,

empiezan a dudar   si seguir adelante,

pues tanto contratiempo   no hay nadie que lo aguante

y dudan si valió   la pena ese viaje.

De modo que deciden   hacer una reunión

y discutir si deben   seguir o echarse atrás

pues viendo lo que ven,   y algunas cosas más,

contentos no los tiene    la dichosa excursión.

  Hay  algunos  que  piensan     que la vida anterior

mejor se soportaba   cerca de las pirámides,

opinión que por poco   no llega a ser unánime,

pues hay quien considera   que la de ahora es mejor.

 Y defiende su tesis    diciendo que un mandato

que procede del cielo    tiene más trascendencia

que la de un faraón,   bajo cuya obediencia

ningún  cielo  se  alcanza   y sí un muy  duro  trato.

  Oída tal razón   un alguien descontento

levantando la voz   cabreado responde

«Pero ¿qué dices, tío?   ¿Es que no sabes dónde

y cómo estamos todos?   ¿Y no es esto un tormento?

 Pues, si no me equivoco,   viviendo en ese Egipto

podías esquivar   alguna  faraonada,

pues nadie te acusaba,   nadie  sabía  nada,

y ahora a la menor   te oye un dios estricto.

 Y si no lo obedeces   o lo pones en duda,

prepárate, devoto,    que en esta o la otra vida

algo te va a caer,    pues  Yahvé  nunca  olvida

y acaba castigando    de una forma muy ruda». 

  Una figura surge   con un rostro de esfinge

levantando una voz     que a todo el mundo aterra

y que a todo el que escucha   le recuerda a su suegra  

por una  hostilidad    que nunca oculta o finge,

Y se oye de repente   entre la multitud

provocando mutismo,   miradas asombradas,

algunas maldiciones   o leves carcajadas,

pero eso sí, a los yernos,  les llena de inquietud.

 Y empieza a resonar   como un trueno feroz

que grita:  «¡Ya estoy harta   de tanto desacuerdo!

Tenéis que oírme a mí,   que si mal no recuerdo

es a mí a quien Yahvé   no levanta la voz.

Y quiere que sigamos   sus divinos mandatos,

salvándonos a veces   o dándonos castigo,

pero como es un dios    yo  ese  camino  sigo

ya que soy muy beata,   así que sed beatos»

  Moisés queda admirado   ante tal elocuencia,

el resto se divide:   o protesta o aplaude,

o dicen palabrotas   o entonan algún laude,

y todos olvidando     la divina sentencia.

Y Yahvé,  estupefacto,  no se puede creer

que unos cuarenta días   se pasen discutiendo

sus divinos designios   (en esto yo lo entiendo),

así que se cabrea    y dice:  » Van a ver…”.

Ya  llevan  discutiendo    unos cuarenta días,

armándose entre ellos   una cruenta guerra

entre primos y primas,   entre suegros y suegras

(esto no cuesta mucho),  y entre tíos y tías.

 Mas, pensándolo bien,   la cosa es divertida,

les  dejaré  que sigan    con  otras  discusiones

mirándose con ira   y dándose empujones,

ya que en mi paraíso    la vida es aburrida.

 En él todos son buenos,    se goza todo el bien,

sin  mezclar  mal  alguno,    sin  ninguna  disputa,

todo el mundo se quiere,    sean vírgenes o putas,

y todos se conocen,    y saben quien es quien.».

  Así que el pueblo hebreo,    que aún no entrado en la Tierra,

sigue manifestando   sus mil puntos de vista,

unos conciliadores,     otros separatistas,

partido éste en que están    (otra vez, sí)  las suegras.

   Y en esta situación,    no se sabe por qué,

si es porque el espectáculo    resulta entretenido

o porque aun siendo dios    nunca se ha divertido,

que sigan discutiendo    les concede Yahvé.

Así que determina    que su pueblo discuta

un tiempo todavía,     unos cuarenta años,

tiempo durante el cual    se logren los apaños,

se olviden las ofensas,   se acaben las disputas.

   Y así, de esta manera,   todos bien avenidos,

menos los que ya han muerto   en esa larga espera,

o sea sólo nietos     y sin suegras  las  nueras

gozarán de ese cielo   que tienen prometido.

Y terminan entrando   uno a uno o en grupo

escogiendo tal casa,   tal iglesia o palacio,

sin precipitaciones,   ocupando su espacio,

asignando  Yahvé     a  cada  cual  su  cupo.

 Y  mientras  esto  ocurre,   ¿dónde  se halla Moisés?

Pues resulta que el pobre    ha  sido  castigado

porque  al  propio  Yahvé    lo  tiene  relegado

intentando  un  milagro     que le sale  al  revés.

En efecto, un buen día   de espantoso calor

y después  de  algún  tiempo     sin  caer  el  maná,

a  su  pueblo  le dice:    «Tranquis,  no  pasa  ná,

que  como  ya  sabéis,    soy  vuestro  protector».

 Y a golpear se puso    agarrando un pedrusco

con toda su energía   una muy dura roca

pero sin invocar   a Yahvé, como toca,

y el agua no brotó,   el intento fue chusco.

 Y por no respetarlo   (es un asunto extraño)

creyéndose  ya  el  líder   de una etnia elegida,

Yahvé  lo  castigó     el  resto de  su  vida,

haciendo que durara   más o menos cien años,

 haciéndole  vivir     una  vida  muy  negra,

nadie  haciéndole  caso,    haciéndole  de  lado

sin gozar del poder    con el que había soñado

y,  por  si  fuera  poco,    al  lado de su  suegra.

  Sus  días  se  acabaron    dentro de un manicomio,

maldiciendo  a  Yahvé,    dando voces y gritos.

Esto no es un  invento,    pues consta por escrito

con todos los detalles   en el Deuteronomio.

9) Josué

Al poco de morir    el  dichoso  Moisés,

no queriendo dejar    a  su  pueblo  sin  guía

y por si otro jefe    llega y lo desvía  

de los cielos  desciende    el glorioso Yahvé .

Y va y se aparece    a  un joven  personaje,

al que todos  aprecian    cuyo  nombre  es  Josué,

(Josu entre sus amigos    cuando van al café)

al  cual  le  comunica    este altivo mensaje:

«Moisés, mi siervo, ha muerto ,    no sé si lo sabías,

y mi pueblo  elegido    necesita  un pastor,

y he pensado que eres   de todos el mejor

con la cara que tienes    ¿o ya lo suponías?

Así que  toma el mando,    te marcaré el camino

que tendréis que tomar   en cada situación,

y así  siempre sabrás    cuál es la solución

para no cometer   el menor desatino.

Poneos,  pues,  en marcha:   donde pongáis el pie

será  dominio vuestro,    y todo alrededor;

si os gusta, os lo quedáis,   y si no es el mejor,

seguid,  sin olvidar   lo que os dicta Yahvé”.

   Y sin pensarlo más,   ese pueblo elegido

se pone a conquistar   cualquier lugar que  pisa,

da  igual  que sea desierto   o litoral  con brisa,

que sea democracia   o pueblo sometido.

Así, van sometiendo   sin ningún miramiento

 a amorreos,  jeteos,    cananeos,  jeveos,

(así se llaman  ellos   si están de cachondeo)

 y en todos esos sitios   logran asentamiento.

De aquellas  grandes gestas    fueron las más famosas

en las que cometieron   acciones inhumanas,

dictadas por Yahvé   porque le da la gana,

y hechas por sus creyentes   sí, como si tal cosa.

Primero  Jericó,   cuyas fuerte murallas

cayeron derrumbadas   tocando una trompetas

de cuernos de corderos   (¿o eran escopetas?)

con el mismo estruendo   que se oye en las fallas.

 Pero para llegar   ante dicha ciudad

se tiene que salvar   un paisaje  escabroso

y cruzar el  Jordán,   tan poco caudaloso

que a Josué le parece   que es una nimiedad.

Pues es conocedor,   ya tiene esa experiencia

de cuando con Moisés    atravesó  aquel mar:

allí sí había peligro   aun sabiendo nadar,

allí sí fue precisa   la divina asistencia.

  Una vez que han llegado   ante aquella ciudad

se ponen a tocar   aquellos instrumentos

que suenan toscamente,   con tonos muy violentos

y las murallas caen   dada su mucha edad.  

Pero se dio también   un acto  denigrante:

compraron a una espía,   mujer nada ejemplar,

que pensó que su acto   le va a proporcionar

suficientes  ganancias   pa’ tirar pa’adelante.

La encontraron muy pronto,   pues era una ramera

que se encuentra en la calle   mirando a aquel que pasa,

bien con ojos llorosos,   bien en tono de guasa,

en fin, como es sabido,    de esta u otra manera.  

Fue quien dio información   a esos  asaltantes

de cómo conseguir   lo que se proponían,

y, dado que lograron    lo  que allí les traía,

pudo salvar su vida    de entre los habitantes.

Pues  se pasó enseguida   a destruirlo todo,

matando  y masacrando   a aquella población,

cosa que repitieron   por su gran devoción

a un furioso Yahvé,   un dios metomentodo.

Las conquistas siguieron,   pues era su objetivo

obtener territorio    para instalarse  allí

 la docena de tribus    y  conseguir así

reagrupar para siempre   el  pueblo fugitivo.

Una vez conseguida   dicha repartición,

le viene el pensamiento   al divino Yahvé

de qué puede servirle     el ya viejo Josué

y piensa  sin dudarlo:    su desaparición. 

10)  Sansón  y Dalila

Pero para afianzar   las tierras  en que vivan

deben hacer  la guerra    allá por donde iban

aguantándolo  todo,   da igual lo que reciban,

según  el parecer    de ese dios que hay arriba.

Y deben enfrentarse,   y esto no es cachondeo,

contra diversos pueblos:  los jetas  o jeteos,

los del pelo canoso,   llamados cananeos,

y los que ante las hembras   actúan amorreos.

Como la lista es larga   basta con los citados,

faltan los filisteos,   que serán los burlados,

a los cuales  Sansón   les dio por todos lados

con los mismos esfuerzos   que al jugar  a los dados.  

Nació tras un anuncio   procedente del cielo

que dejó estupefactos   a sus padres y abuelo:

lo anunció un angelito   tras  un raudo vuelo,

tanto que, aterrizando,   casi acaba en el suelo.

Una rara advertencia    les hizo el ser alado,

mensaje que a cualquiera    dejaría alelado:

que no bebieran vino   y más si es de alto grado

para que no pensaran   que lo han imaginado.

El segundo mensaje   fue igual de sorprendente

que dejó a la familia    que les habla un demente:

que el que va a nacer   no es un niño corriente,

vendrá con tanto pelo,   que asombrará a la gente.

Y no deben cortárselo   de ninguna manera,

por mucho que lo tomen   porque fuera un hortera:

Yahvé se lo ha plantado   como señal certera

de que será un gran hombre    y no un tipo cualquiera.

(Continuará.)


© imagen de portada. Pantocrátor, Sant Climent de Taüll