Introducción


Existe una forma métrica cuya venerable edad es tan patente como su ligazón a la institución que la creó: el tetrástrofo monorrimo, más conocido como cuaderna vía. Sus cuatro versos de catorce sílabas y su rima consonante, con esa igualdad fónica cuatro veces seguidas a modo de repetida lección, como si aludiese a su afán didáctico, son la mayor seña de identidad del célebre mester de clerecía.

Tanto el mester de clerecía (“oficio de clérigos”) como su distintiva forma métrica surgieron en el siglo XIII, momento que se considera de apogeo con el primer autor literario conocido en lengua castellana, Gonzalo de Berceo, aunque la obra más original de este mester sea del XIV, el Libro de buen amor, del Arcipreste de Hita. Desde el primer momento, los clérigos querían distinguirse por su mayor calidad literaria, debido a su elevada cultura y devoción religiosa, lo que los certificaba como difusores de un producto literario más “útil”, más didáctico, no meramente noticiero o de entretenimiento, como consideraban al mester de juglaría.

Decía el anónimo autor del Libro de Alexandre, de donde viene el nombre de verso “alejandrino” y el de la propia estrofa, “cuaderna vía” (vv. 4-8):

Mester trago fermoso, non es de ioglaria,

mester es sen peccado, ca es de clerezia,

fablar curso rimado per la quaderna uia

a sillauas cuntadas, ca es grant maestría.

(Anónimo, Libro de Alejandro, Orbis.)

En castellano actual:

Traigo un mester hermoso, no es juglaría,

es mester sin pecado, pues es de clerecía

hacer frases rimadas por la cuaderna vía,

con sílabas contadas, lo que es gran maestría.

(Anónimo, Libro de Alejandro, Castalia.)

De modo que este mester es distinto del de juglaría, por lo que es mejor, porque es de clerecía, sin pecado, y manteniendo el cómputo silábico (“a sílabas contadas”), lo cual requiere mayor esfuerzo y tiene más mérito. En el mester de juglaría, con los cantares de gesta y los romances, según se da a entender, no se mantenía del todo la regularidad métrica, además de que usaban rima asonante, más sencilla.

¿De dónde venía este súbito afán de los clérigos por rivalizar con los juglares en difundir oralmente sus creaciones literarias? Si bien en la Edad Media todos los textos vehiculaban intereses del estamento o institución que los creaba (la nobleza promovía la obediencia y conductas ejemplares, con los cantares de gesta; el pueblo llano, con los romances, se interesaba en la rebeldía), la Iglesia va a buscar, naturalmente, su propio beneficio directa o indirectamente a través del adoctrinamiento que difundía. Las obras de Berceo son el mejor ejemplo: sin restarle calidad literaria, pues era un verdadero maestro en componer, volcaba todo su afán en favorecer los intereses de la Iglesia; por ejemplo, con los Milagros de Nuestra Señora, dando al pueblo la oportunidad de salvarse de las consecuencias de cualquier pecado, fuera cual fuese, con tal de ir a la iglesia (dejando donativos) y venerar a la Virgen. Esto revela un hecho importante: si el clero se esforzaba en convencer a la gente de que fuera a la iglesia, es que no iba a la iglesia, por lo que la sociedad medieval no era tan devota como se piensa.

Sin embargo, Berceo y los autores anónimos del primer mester de clerecía, en el siglo XIII, tuvieron el gran mérito de llevar buena literatura al pueblo, lejos de consideraciones sociopolíticas que desvirtúan el fenómeno literario, pues un producto estético puede ser bueno adoctrine o no. Para estos hombres de la Iglesia fue un gran paso, y hasta un alivio para ellos mismos, el lanzarse a escribir no solamente obras originales, no ya traducciones, ni textos endogámicos religiosos como los Beatos, sino hacerlo, además, en castellano, la lengua de todos los que habitaban en aquellos reinos.

Decía Berceo en la Vida de Santo Domingo de Silos (vv. 4-8):

Quiero fer una prosa en román paladino,

en qual suele el pueblo fablar a su vecino,

can non so tan letrado por fer otro latino:

bien valdrá, como creo, un vaso de bon vino.

(Berceo, Vida de Santo Domingo de Silos, Orbis.)

En la edición de Castalia, en español actual, sería así:

Quiero hacer una prosa en román paladino,

en que suele el pueblo hablar con su vecino,

que no soy tan letrado a hacer otro latino:

bien valdrá, como creo, un vaso de buen vino.

Gonzalo de Berceo (pueblecito, por cierto, junto a San Millán de la Cogolla, en La Rioja, bellísimos lugares y cuna de la lengua española) se muestra tanto generoso como humilde al decidirse a componer en lengua romance, porque así le entienden y él mismo dice que no es “tan letrado” como para hacer otro texto en latín. Espera que se lo agradezcan, al menos, con un “vaso de buen vino”. Seguramente sus honorarios por el trabajo serían bastante más generosos, pero comenzar así un texto es una auténtica delicia. Y un buen trago.

Sin descentrarnos de lo que nos ocupa, la cuaderna vía, Berceo ponía todo su empeño en contar las sílabas con la necesaria cesura, la pausa central, que divide el verso alejandrino en sus dos hemistiquios de heptasílabos:

Quiero fer una prosa (7) / en román paladino (7)

Esta estricta regularidad no la tendrá tan en cuenta el otro gran artista del mester, el Arcipreste de Hita, casi cien años después. Juan Ruiz, el Arcipreste, si es que ése era su verdadero nombre y cargo, en 1330 y con modificaciones en 1343 dio a luz la quizá más genial obra literaria de la Edad Media: El libro de buen amor (o Buen Amor, en mayúscula, como sostenía el profesor José Luis Girón Alconchel en su edición), donde esa falta de precisión métrica da lo mismo, teniendo en cuenta el contenido.

Juan Ruiz sin duda era un clérigo y conocía muy bien su institución desde dentro. Sin embargo, en su obra, no va a promover intereses de la Iglesia más allá del más sano y humano didactismo, con algo de devoción religiosa, pero centrándose en el tema más pecaminoso para ella, el amor. Solamente el hecho de tratar ese tema, de la manera en que lo trata y en cuaderna vía, vinculándose con el mester de clerecía, ya es contradictorio y de lo más gracioso. Básicamente, para quienes no lo conozcan, es una recopilación de ficticias experiencias amorosas, casi todas fallidas, del supuesto autor que se expresa en primera persona, con numerosas reflexiones, fábulas, diálogos entre personajes alegóricos (Don Amor, Doña Cuaresma…),

El autor, con su curioso libro, además de quedarse a gusto soltando toda una serie de historietas llenas de gracia y sabios consejos, busca un fin principal con su obra, que es presentar de esa manera su queja a la abolición definitiva de la barraganía, la posibilidad que tenían los clérigos de tener compañera sentimental extraoficialmente (barragana), siempre y cuando no heredase propiedades ni hubiese hijos reconocidos. Todo esto lo explica muy bien Jesús Meléndez Peláez en Historia de la literatura española, vol. I, Edad Media, editorial Everest (pp. 216-217). Baste con señalar que se quiso rematar el tema de la cohabitación “clericorum et mulierum” en los concilios de Toledo en la primera mitad del siglo XIV. Como respuesta, el Arcipreste redactó esta apología del amor carnal (sin llegar a la lujuria, eso sí), pero siendo recomendable para todos, incluso para él, narrador protagonista, que lo busca incesantemente. Se justifica esgrimiendo la autoridad de los antiguos sabios:

Como dize Aristótiles, cosa es verdadera,

el mundo por dos cosas trabaja: la primera,

por aver mantenencia; la otra cosa era

por aver juntamiento con fenbra plazentera.

(LBA, est. 71)

Aunque el Arcipreste no mencione que tenga que ocultar sus amores, sí que va a escoger como sus objetivos preferentes mujeres discretas, esto es, las que van a guardar silencio: por un lado, monjas, que se juegan mucho si son descubiertas; por otro, “dueñas”, señoras de buena posición, que viven solas, con su propia casa, lo cual solamente podían permitirse estando viudas, con lo que no buscaban marido ni le debían explicaciones a nadie. No deja de dar consejos a los lectores (y lectoras) sobre cómo lograr el amor, advirtiendo de sus engaños a ambos sexos, para ser así más felices.

El tono cercano, simpático, en clave de humor, aunque para nada absurdo, sino ingenioso, será constante en su obra. Será un humor que va a endulzar amablemente enseñanzas serias, en torno al tema del amor o cualquier otro que trate. Por eso al poco de comenzar el Libro lo va advirtiendo:

E porque de buen seso non puede omne reír,

avré algunas burlas aquí a enxerir:

cada que las oyeres non quieras comedir

salvo en la manera del trobar e dezir.

(LBA, Est. 45)

Que se podría traducir como en la edición modernizada de Castalia:

Como de cosas serias nadie puede reír,

algunos chistecillos tendré que introducir;

cada vez que los oigas no quieras discutir

a no ser en manera de trovar y decir.

“Trovar y decir” es “cantar y recitar”, con lo que se refiere a que, si alguien quiere discutir lo que está diciendo en broma, que sea en clave literaria, igual que él, con la intención manifiesta de no tomárselo en serio. Así es la literatura: es ficción, no es verdad, aunque la diga. Como dice Tabucchi en Sostiene Pereira (cap. 4): “La filosofía parece ocuparse sólo de la verdad, pero quizá no diga más que fantasías, y la literatura parece ocuparse sólo de fantasías, pero quizá diga la verdad”. En ello se escuda el Arcipreste para poder decir todo lo que dice, porque es su “licencia”. Gracias a la literatura, se puede decir todo, y es así como las sociedades avanzan. El problema lo tiene quien se toma la literatura en serio, como diría Jesús G. Maestro.

Y, con este “trovar y decir” en clave de humor de los temas más serios, llegamos a la obra que nos ocupa, nada menos que la Biblia. ¿Habría sido capaz el Arcipreste de versificarla “a su manera”? Sin duda, utilizaría la cuaderna vía, como buen hombre de iglesia. Pero no es poca cosa, ya se sabe, una cosa muy larga se dice que es “la Biblia en verso”, como está siendo este prólogo y que va siendo hora de terminar.

El profesor Juan Victorio, catedrático emérito de la UNED, reconocido medievalista, ha seguido la estela del Arcipreste de Hita con una nueva osadía, comenzar a versificar la Biblia en cuaderna vía, manteniendo su hilo narrativo, pero con un poco menos de “santidad”, como se podrá ver, a la par que con esmerado ingenio en “fablar curso rimado per la quaderna uia”. Por citar alguna referencia más del autor, fue profesor en la Universidad de Lieja (Bélgica) y en la Universidad Paris-Nord de París; ganó el Premio Stendhal con su traducción del Cantar de Roldán (publicado en Cátedra, 1984); ha traducido también la Poesía de François Villon (1985), el Roman de la Rose (1987); son suyas las ediciones de las Mocedades de Rodrigo (1982), del Poema de Fernán González (1989) y del Poema de Alfonso Onceno (1991); es autor de obras de teoría literaria como El amor y el erotismo en la literatura medieval (1983), de su más osada obra para los filólogos, su edición del Cantar de Mio Cid (2002) con regularización métrica, incluso es autor de una novela, Alfonso XI el Justiciero (2008).

Dicho esto, damos paso a la Biblia en verso. Esperamos que sea del gusto del auditorio; si es así, “bien valdrá, como creo, un vaso de buen vino”.

***

La Biblia en verso

Juan Victorio

  1. La creación

Todo estaba vacío,  no se veía ná,

da igual que se mirara,   por aquí o por allá,

y meditando estaba   el pobre de Jehová

(¿o quizás es Yahvé?  Bueno, lo mismo da.)

   Pensando si empezar   por la tierra o el mar,

inició una tarea  que le iba a costar

una semana al menos   y eso sin descansar,

pero valía la pena   y  se puso a crear.

  Estando tan a oscuras   que  nada se veía,

lo primero que hizo   fue pensar lo que haría,

y empezó con la luz,   con lo que  preveía

que la cosa marchara   tal como suponía.  

   Conseguida la luz,   viendo que ya veía,

y como todo estaba   vacío  todavía,

empezó con el cielo,   que era donde vivía,

y luego con la tierra,   todo en el mismo día.

   Después pasó a las aguas,  fueron naciendo mares

 en grandes cantidades,    por todos los lugares,

y lagos, cataratas,   el río Manzanares,

unos con mucho cauce   y, los más, regulares.

   Teniendo ya esas aguas,   se puso a meditar

para qué servirían.   Y pensó “pa regar”.

Así que comenzó   de nuevo a imaginar

otras mil ocurrencias   según fuera el lugar.

  Empezó con las plantas   y,  ya  preso de euforia,

se le ocurrió crear  patatas, zanahorias,

por todos los lugares,   en Nueva York o en Soria,

de buena calidad,   que supieran a gloria.

   Creada ya la tierra   pensó :  “¿Qué es lo que queda?

Seres que piensen algo   sin que ninguno pueda

sospechar que sea yo   el que mueve la rueda.

Pues ¡manos a la obra,   hagamos una prueba!”  

Pensó que era mejor   empezar por los mares,

rellenarlos de bichos   diversos a millares,

todos con  sus  parejas   de formas similares.

medusas, tiburones,   anchoas, calamares,

   Después pasó a la tierra,   que temió que sería

una empresa no fácil,   ya que eso suponía

que podría salirle   alguna anomalía,

y se puso a pensar   durante todo un día.

   Le vino ya la idea   y tiró p’adelante,

 surgieron animales ,   mosquitos, elefantes,

culebras por el suelo   y otros seres volantes,

de muy diversas formas,   algunos muy chocantes.

   Meditó de repente   que entre tanto animal

debía haber alguno   que fuera racional,

capaz de distinguir   que no todo es igual  

y si el gran Creador     actuó bien o mal.

   Y exclamó de repente:   “¡Hombre, no es mala idea!

¡Y  ya  que lo he ideado,   le obligaré a que crea

que a mí se debe todo,  cualquier cosa que vea,

¡Manos, pues, a la obra,   y salga lo que sea!

   Y se puso a pensar   qué forma le daría

por que nadie pensase,   (cosa que afearía

su obra tan bien hecha,   o eso le parecía)

que, viviendo entre  monos,   del mono fuera  cría.

   Y le vino la idea,   mirándose al espejo,

de hacer una figura   que fuera su reflejo,

que tuviera un aspecto   de joven, no de viejo,

para que al contemplarse   no tuviera complejos.

  “O sea, como yo,   mi auténtica figura,

y así dominará   con garbo, con soltura,

todo lo que he creado,   y actúe con cordura,

es decir, que no crea   que está a mi misma altura.”

   Y se puso a esculpirlo   de pies a la cabeza

no con marfil, con barro,   que por algo se empieza,

y en solo unos segundos,   sin ninguna pereza,

lo proveyó de todo   sin olvidar la “pieza”.

   Cuando la vio, le vino    este otro pensamiento:

“¿Para qué se la he puesto?  Me surgió de momento.

Para darle algún uso    y se ponga contento,

le haré una compañera    que sea un monumento”.

   Le arrancó una costilla   sin  dudar ni un instante

y le dio una figura   de bonito semblante,

acabada la cual   se la puso delante

a su nueva pareja   que ya estaba expectante.

   Pero aún le faltaba   qué nombres les daría.

Estuvo pensativo,   nada se le ocurría

y se pasó pensando   el resto de ese día

si Nada estaba bien   o Adán más convenía.

 “Adán es más bonito   y, eso sí, original,

nadie hasta aquellos días   se había llamado igual,

y si pasa a la historia,   como será normal,

habrá muchos adanes,   guarros, tontos y tal”.

Y ahora voy por ella :  ¿y si le pongo Eva?

  Ave no, que así evito   que se mueva y se mueva,

buscando en todas partes   que le caiga una breva.

ya sea por el bosque   o dentro de una cueva.

   Una vez ya creados   y en términos muy claros,

les dijo en alta voz:   “¡Venga, a multiplicaros,!

eso sí, de uno en uno,   no vayáis a cansaros

y si empezáis con dos   os  saldrán menos caros”.

  Eso sí, no les dio   ninguna explicación

de cómo conseguir   tal multiplicación,

si sólo con mirarse   con consideración

o si tendrán que hacerlo   en conyugal unión.

   Observando Yahvé  que todo está creado

y sintiendo también   que está un poco cansado

(pues lleva ya seis días   yendo de lado a lado)

decide alzar el vuelo   pues ya se ve endiosado.

2. Adán y Eva

Una vez ya creados,   así, tan de repente,

empiezan a observarse   muy detenidamente

sin perderse detalle,   mirándose de frente

sin el menor rubor,   con gesto sonriente.

   No saben qué decirse,   pues no saben hablar,

cosa que al Creador   se le debió olvidar,

así que pa´ entenderse   han de gesticular

haciendo ciertos gestos  y sin disimular.

  Empiezan observándose  de pies a la cabeza,

se detienen a veces   viendo tanta rareza,

pues hay algunas partes   de singular belleza,

 sobretodo en Adán   con la citada pieza.

   Ya bien examinados,   ya sabiendo lo que eran,

empiezan a arrimarse   en actitud  de fiera

pronunciando sonidos   que ahora entiende cualquiera,

ya sea en arameo   o se exprese en euskera.

    Se inicia de inmediato   la multiplicación,

no toda el mismo día,   no fue de sopetón,

pues no  se siente siempre   el mismo calentón,

y tomaron su tiempo   pa mejor ocasión.

   Una vez realizada   la cosa sin pudor

ven que están en un sitio   que a todo alrededor

parece un paraíso,   de aromas un primor,

incluso había un cactus   de aire amenazador.

   Cogidos de la mano   van dándose un paseo,

Eva dice “¡Qué bello   es todo lo que veo!;

viviendo en este sitio,   o al menos eso creo,

tendremos muchos hijos,  quizás ninguno feo”.

   Lo que más le cautiva,   lo que cree más lozano,

 de aquel jardín florido  es un bello manzano,  

hacia el cual se dirige   con gesto muy ufano.

Pero  Yahvé  le grita:   “¡No metas ahí la mano!

  Tal árbol no he creado   para comer su fruta,

de todo lo demás   de mi obra, disfruta,

sé prudente, obediente,   no me seas tan bruta,

que, si no, acabaréis    pasándolas muy putas”.

   Acabado el aviso    del Gran Omnipotente,

Eva queda confusa   y  escucha de repente

la voz de un ser muy raro,   un bicho repelente

y  exclama al  ver su forma:    “¡Joder, una serpiente!”

 ¿Cómo un bicho tan feo   concibió el Creador?

¿Es que le faltó tiempo  para hacerlo mejor,

y no un bicho sin patas   que me causa terror?

Si en esto se equivoca   me invade el estupor.

  Pues si puede crear   lo que le viene in mente,

podría haber pensado   más detenidamente

para que no haya nadie   que juzgara imprudente

el venir a este mundo   por obra de un demente.

   Es lo que estoy temiendo,  y temo lo peor.

Espero que ese tono   propio de dictador

no se repita más,   que apague su furor,

o haré lo que me plazca.   ¡Lo juro, sí señor!

   A todo esto, aquel bicho   se acercó suavemente,

cosa muy natural,   pues es una serpiente,

y enroscada en el árbol  le dice sonriente:

-¿Te gustan las manzanas?   Pues híncale a ésta el diente.

  -Por muy buenas que estén,   tal cosa yo no haré,

porque nos lo ha prohibido   el fiero de Yahvé,

Me lo dijo muy serio,   no se imagina usté:

“Si comes esa fruta,   ¡ay, ay, prepárate!”.

 -¡Cómo, que os ha prohibido   que comáis la manzana!

Si eso prohíbe hoy,   esperad a mañana,

que vendrán tantos vetos  cuantos le dé la gana

y será vuestra vida   muy vil, dura, marrana.

   Así que os aconsejo   que obréis a vuestro antojo,

porque lo que él pretende   es que cerréis los ojos

no podáis distinguir   si algo es azul o es rojo.

Quiere en definitiva    echaros un cerrojo.

  Eva, tras escucharlo,   quedó muy convencida

de que si al tal Yahvé   debe estar sometida,

mejor no hacerle caso,   darse a la buena vida,

sin pensar en problemas   sean el paro o el SIDA.

   No tardó mucho tiempo   en convencer a Adán

de hacer lo que ella quiere,  y siendo un gran  galán,

se ponen a la obra,   pin pan, pin pan, pin pan,

cumpliendo sus deseos   con frenético afán.

   Desde luego, actuaron    con cuidado, a escondidas,

para que no corrieran    riesgo alguno sus vidas

ya que un montón de cosas   les estaban prohibidas

excepto el procrear   a base de corridas.

   Pero el gran Creador,   o sea el gran Yahvé,

se ha enterado de todo,   ya que todo lo ve,

y lleno de furor   y con muy mala fe

se dice “ahora verán  qué vida les daré”.

  Viendo a los dos desnudos,   y sobre todo a Eva,

en la que se detiene   ya que ropa no lleva,

se le acerca y le dice:  “Te va a caer la breva,

puesto que has sido tú   la que te has puesto a prueba.

  Así que parirás   sufriendo mil reveses,

y vivirás preñada   o siete o nueve meses,

mientras que  tu marido,   que solo piensa a veces,

te hará pasarlas putas   tal como te mereces”.

  Después, enfurecido,  se coloca ante Adán,

diciendo a grandes voces:  “Escucha, so patán,

¿por qué no obedeciste   poniendo todo afán

en lo que te ordené,    gilipollas, rufián?

  Pues de hoy en adelante   verás cómo es tu vida:

se acabó el no hacer nada,  tendrás vida jodida,

deberás trabajar   para tener comida

a base de hierbajos   y cosas mal cocidas.

   Y así hasta que te mueras   y yazgas bajo tierra:

ya que  te hice de polvo,   que no es obra cualquiera,

cual polvo acabarás.   Y ahora ¡fuera, fuera!”

   Ipso facto salieron   de aquel bonito Edén

en donde tanto tiempo   lo pasaron tan bien,

pero nada abatidos,   y con cierto desdén

dijeron decididos   “¡Vámonos, que le den!

   Si nos hizo de polvo,   no se puede quejar,

 hemos echado muchos   sin nunca protestar

pensando en la tarea   de aquel multiplicar.

¡Que multiplique él mismo   a base de sudar!.

   Fueron así expulsados   de ese bello jardín

que quedó bajo guardia   de un cierto querubín

que no habían visto antes,   con pinta de pillín,

que les gritó “largaos”   con cierto retintín.

  Ya no se dice más   de ellos tras la expulsión,

tampoco queda explícita   la multiplicación,

quizás por silenciar   tal proliferación,

o para no alargar   mucho la narración.

   La cosa es que se centra     muy exclusivamente

en Caín y en Abel,  dos niños sonrientes,

pero que al poco tiempo   se enseñaron los dientes

porque no eran iguales    y sí muy diferentes.

  Ambos fueron varones   según Yahvé predijo,

sin pensar en las hembras,   pues siempre las maldijo

aun siendo necesarias   para traer los hijos,

pero Yahvé  actúa   según le dicta el pijo.

  Caín salió el primero,   no se sabe en qué mes,

lo que a sus papaítos   les supuso un revés,

Abel vino más tarde,   un poquito después,

y muy pronto se odiaron   de cabeza a los pies.

 Pues dado  que el comer    ya no les cae de arriba,

ya nada les va igual,   más bien muy mal les iba,

y puesto que la cosa   se les presenta esquiva,

deberán trabajar   de forma muy activa.

   Jugándose a los dados   qué tipo de labor

les toca, ambos soñando   llevarse lo mejor,

sale ganando Abel,   le toca ser pastor

y a Caín, que odia el campo   le toca labrador.

  Pues piensa que tendrá   faena todo el día,

arando tras dos mulas   desde que amanecía,

ignorando si luego   desde arriba vendría

un solazo que hiciera   su tarea baldía.

 Abel, por el contrario,  paseo tras paseo

sentado bajo un árbol   dándose mil garbeos,

exclama al ver vaquillas:   “¡Qué bello es lo que veo,

así que, bien pensado,   me entregaré al toreo!,

 ya que no se me ocurre   otro entretenimiento,

dado que el gran Yahvé   no pensó en su momento

crear algunas chicas,   algunas monumento,

y  así el multiplicarnos   vendría  en gran aumento.

   Se aplica a la tarea,   nacen seres muy rudos

con bellas cornamentas,   muy fuertes, muy forzudos,

que,  pasados mil siglos,   prefieren seguir mudos

pues propagar no quieren   que nacieron cornudos.  

  En cuanto al primogénito,   descontento vivía,

pensaba que Yahvé   le tenía manía

y eso que no había hecho   ninguna fechoría

y se pasó mil noches   pensando en lo que haría.

   Yahvé el sabelotodo,   al verlo cabizbajo,

descendió de su cielo,   (ese era su trabajo)

y le dijo  “Caín,    ¿sabes lo que me trajo

a decirte esta noche?   ¡Pues escucha, carajo!

  Abel es un buen chico,   nunca desobediente,

a todo lo que  ordeno   nunca me enseña el diente,

de modo que si quieres   ser como tu pariente,

debes ser como él,   o a mi furor atente”.

   Después subió a su cielo,   como solía hacer,

y apenas de ese día   llegó el amanecer,

Caín se puso en marcha   y fuese a ver a Abel,

dormido entre sus vacas   con cara de placer.

  “¡Mira qué a gusto está   ese tonto niñato,

sin dar un puto golpe,   gozando todo el rato,

mientras que a mí me toca   siempre pagar el pato

¡ Pero esto se acabó,   ahora mismo lo mato”

   Y sin pensarlo más,  del todo enfurecido

se dirige a la cueva   del niño preferido,

el cual está durmiendo,   pues se oyen sus ronquidos

y cogiendo una hoz   se carga al biennacido.

  Ya no se dice mucho,   apenas casi nada

de Caín tras hacer   aquella salvajada,

solo que conoció   a una no citada

quizás porque de aspecto   no era muy agraciada.

  Eso sí, comenzaron   la multiplicación,

sin pasar mucho tiempo   nacieron un montón,

de mozas y de mozos,   quizá algún maricón

que poblaron el orbe   sin más contemplación.

De aquella población   se dice sin rodeos

que no se amaban mucho,   sí con grandes cabreos

en continuas trifulcas,  siempre armando jaleos 

y cambiando sus nombres:  arameos o  hebreos.     

3. Noé

No consta en el relato   nada con precisión

salvo que se nacía   tras mucho revolcón

y duraban las vidas,   según se hace mención,

no como en nuestro tiempo:   duraban un montón.

   No unos setenta años,    que ya estaría bien:

seguían siendo jóvenes   aun pasados los cien

llevando algunos de ellos   su vida a todo tren,

siendo el más conocido   un tal Matusalén,

 el cual, tricentenario,   siguió teniendo hijos,

(pues en esta labor   obraba a piñón fijo),

y siendo unos vulgares  y otros bastante pijos,

al estar todos juntos   se armaba un revoltijo.

 En fin, de aquella prole  que dispuso Yahvé,

sin duda el más famoso  se llamaba Noé,

también el más querido   no se sabe por qué,

se sabe en todo caso   que nació con buen pie.

  Cumplidos los quinientos,   y entre otros menesteres,

siguió teniendo hijos   de distintas mujeres,

semitas,  jafetitas,   camitas y otros seres

no todos buena gente   cumpliendo sus deberes.

Eso sí, se emplearon   con gran aplicación

en lo más placentero:   la multiplicación,

así que en poco tiempo   creció la población

y empezaron los líos   y se armó un gran follón.

Visto lo cual, Yahvé,  bastante descontento

con lo por él creado,   sin dudarlo un momento

decidió poner orden   y con tono violento

se dirigió a Noé   y dijo: “Escucha atento:

lo mal que van las cosas   no puedo ya aguantar,

y he pensado que algunas   las debo eliminar,

así que ve eligiendo   qué se debe salvar,

pues dentro de unos días   la tierra será mar.

Así que vete armando   un arca de madera,

con su proa, su popa,   como un barco cualquiera,

sin tragaluz alguno   para ver lo de afuera

y que tampoco  sepan  lo que allí les espera.

Pues deberás meter  un montón de animales,

todos con sus parejas,   no los tales con cuales,  

no sea que al juntarse    y  siendo irracionales.

actúen ignorando    si están con sus iguales.

 – ¿Y tengo que meter   bichos de toda clase

sin excepción ninguna   y pase lo que pase?

Pues no quiero pensar   que esto a mí me rebase

y que ante tanto caos  esta empresa fracase.

Así que ¿he de meter   mosquitos, escorpiones,

murciélagos, culebras,   mariposas, gorriones?

Pues en el arca habrá   algunos comilones

que el comer esos bichos   les toca los cojones.

   -No empieces protestando,   se hará lo que hay que hacer,

y a mí, que soy quien soy,   debes obedecer,

no olvides que soy dios    y, como dije ayer,

el que no me obedezca   negro lo va a tener.

Pues bien, en dicho yate   pasaréis no sé cuanto,

pero no te preocupes,  te tendré siempre al tanto;

acaso alguna vez    podréis sentir espanto

pero os auxiliaré    cuando  exclaméis ¡Dios santo!

Así que ¡adentro todos,  que empiezo a diluviar,

que nadie quede fuera   si no sabe nadar,

pues estando en el agua   no tendrá otro manjar

que algún que otro percebe,    quizás un calamar.

  Ya están todos a bordo,   se inicia un griterío,

-¡No te sientes ahí,   que ese sitio es el mío”,

 – ¡Qué me dices,  mamón,   no te jodes el tío!

¡ponte junto a tu suegra   y así no tendrás frío!

¿Y qué hablar de las broncas   que provocaba el vicio,

o de los empujones   para entrar al servicio?

Se forma un caos inmenso   ya desde aquel inicio,

todo es una condena,   se vive un sacrificio.

  ¿Y cómo convivían   las razas animales?

Un poquito mejor,   ya que son más cabales,

sin meterse con nadie,   procreando a raudales,

sus multiplicaciones   fueron algo anormales.

 Es decir, de la cabra   salieron los cabrones,

del perro ladrador  surgieron los ladrones,

del león mujeriego   muchos camaleones

y a las bestias de  monte    les nacen a montones.

En fin, así estuvieron   viviendo día a día

mirando con terror   lo mucho que llovía

y que aquella tormenta,   según Noé temía,

seguiría cayendo   un año todavía.

Sospechó que Yahvé,   estando muy cansado

y en el séptimo día   y con aquel nublado,

decidió que moverse   no era muy apropiado

y siguió entre sus nubes   mirando al otro lado.

  Al fin llegó el momento   que cesó de llover,

los de la barca  entonces   empiezan a creer

que la cosa acababa   y empezaron a ver

aparecer montañas,   quizás el Everest.

Dada la situación,   que parece espantosa,

Noé, puesto en la proa,   le pregunta a su esposa     

si  soltar algún bicho,  paloma o mariposa,

que volando se informe   de cómo está la cosa.

Optó por la paloma,   no sin cierto recelo,

la cual se volvió al arca   después de un largo vuelo

pues no halló ningún árbol,   ni nada sobre el suelo,

cosa que provocó   un  enorme desvelo.

Noé volvió a sacarla  pasados unos días

con alguna esperanza  viendo que no llovía

y el ave,  tras un vuelo  y cuando anochecía,    

volvió con una  rama    provocando alegría.

Pues supuso Noé   que aquel gran chaparrón

se había terminado   y, lleno de emoción,

comprobó que en la tierra   otra repoblación

se había producido   y se alegró un montón.

En cuanto a la paloma   no se vuelve a citar,

cumplida su misión    emigró  hacia ultramar

volando por lo alto,  pues no sabía nadar,

y quizás temerosa   de volver a empezar.

O quizás sí se cita,   ya que si se está al tanto,

Yahvé aparece siempre   tapado tras  su manto  

 y quizás le ordenara,  y a ella le causó espanto,    

ser la progenitora   del Espíritu Santo .

   Una vez  acabado   ese gran chaparrón ,

Yahve ya satisfecho   de aquella sumisión

le espetó  al pobre nauta   sin más contemplación

que podían salirse   de aquella embarcación. 

-Escúchame, Noé:   ya puedes salir fuera,

y también tu mujer,   tus hijos y tus nueras,

tus nietas y tus nietos   y todos los que quieras,

y no olvides  sacar   también  todas las fieras.

Y seguid procreando,   ya que mi creación

no debe  detenerse   con otra interrupción,

así que obedecedme   con total sumisión,

pues estaría bonito   otro nuevo perdón.

Y que salgan también   todos los animales,

pues en el fondo todos   ante mí sois iguales,

los que se creen que piensan   y los irracionales,

ya vivan en los trópicos   o sean esquimales.

 De este Noé nacieron    solamente tres hijos,

que también conocieron,   aunque no es dato fijo,

la famosa experiencia.   Yahvé no lo predijo,

pues Yahvé sólo anuncia   lo que le sale el pijo.

El primero fue Cam,   padre de camorristas,

el segundo un tal Sem,  de los seminaristas,

y el tercero Jafet,   último de la lista,

que poblaron la tierra   según la idea prevista.

De lo que sí se cita   es que  el pobre Noé

se entregó a la bebida,  no se sabe por qué,

desde luego no al agua,   como tampoco al té,

sino al vino tintorro   para apagar su sed.

Tal cantidad  bebía    desmesuradamente,

que cogía una moña   o dos diariamente,

quizás porque pensaba   que era lo conveniente

para olvidar los males   pasados y recientes.

Un día fue encontrado   desnudo en una cueva

gritando entre ronquidos    diciendo “que no llueva,

y si quiere  Yahvé    insistir en la prueba,

que no cuente conmigo,   no le caerá esa breva”..

Cuando Cam encontró   a su padre desnudo,

se quedó sin palabras,   se quedó como  mudo,

su garganta  quedó   como atada  en un nudo

y llamó a sus hermanos   de la forma que pudo.

Lo primero que hicieron   fue ponerle una manta

pues ver desnudo a un padre   de pies a  la garganta

no es nada apetecible   y, si es ya viejo, espanta

y gritan aterrados   “¡Oh, Virgen, Virgen santa!”

Tales gritos hicieron   que Noé despertara  
[…]
(Continuará.)

© imagen de portada. Pantocrátor, Sant Climent de Taüll