Categoría: Escuela

  • Siglema 575

    Siglema 575

    El Siglema 575 es un tipo de poesía minimalista que consiste de estrofas compuestas de tres versos de cinco, siete y cinco sílabas respectivamente. 

    Este estilo de poesía fue creado por la escritora y traductora venezolana-alemana Patricia Schaefer Röder y fue publicado por primera vez en su blog en 2011. Más tarde fue publicado en su libro Siglema 575: poesía minimalista.

     El término «siglema 575» está compuesto del principio de la palabra «sigla» y el final de la palabra «poema». El número 575 se refiere al número de sílabas que compone cada verso. 

    Partimos que el título debe ser el tema que se desarrolla. Hay tantas estrofas como letras en el título y cada estrofa debe comenzar con su letra respectiva. Cada estrofa tiene la estructura de un Haiku; se compone de tres versos, el primero de cinco sílabas, el segundo siete sílabas y el último de cinco sílabas. Cada estrofa debe presentar un aspecto definido del poema. En el siglema 575 se pueden aplicar las licencias poéticas y la ley de acento final. 

    En ningún momento nos obliga a seguir un estilo poético particular; al contrario, nos anima a vivir nuestra libertad creadora. Infinitamente versátil, podemos abordar todos los temas que nos mueven de la misma manera en que se gestan, ya sea con metáforas barrocas o con imágenes más elegantes o sencillas, sin acercarnos a los rumbos de la simplicidad, y, sin embargo, regresando a la naturaleza del tema. Sublime y limpio, con su métrica breve, junto con la rima libre, nos deja redefinir nuestra visión de las cosas, concretando figuras que nos llevan directo al grano, siguiendo la tendencia de nuestro tiempo hacia lo puro, el corazón de lo que nos importa, explorando, definiendo y profundizando en cualquier sentimiento, personaje u objeto. Así, el siglema 575 es la bella personificación de la poesía minimalista, “Porque todo se originó de un punto, y todo puede reducirse a un punto”. 

    Para mí, como escritora y poeta, fue todo un descubrimiento. Corría el año 2017 cuando me llegó una invitación para participar en una antología de Siglemas 575. Al principio, al igual que muchas personas dedicadas a la escritura, desconocía esta metodología; pero después de conocer el trabajo de Patricia, me animé y participé en el mismo. De ahí surge el libro “Di lo que quieras decir” en septiembre de ese mismo año, publicado y editado por ediciones Scriba NYC – Soluciones Integrales de Lenguaje, en el que se recogen mis dos siglemas titulados BLUES Y SOL.

    Este certamen se viene convocando desde el año 2014 y actualmente se encuentra activo hasta el 31 de mayo de 2025 en el siguiente enlace, por si nuestros escritores y escritoras desean participar, sumergiéndose en este mundo de los siglemas 575.

    https://patriciaschaeferroder.blogspot.com/2025/01/11-certamen-internacional-de-siglema.html?m=1

    Para terminar este paseo por esta metodología de escritura, les obsequio con mis dos siglemas, que aparecen en la antología del año 2017.


    BLUES
    Balada del alma, arraigada a la tierra de sueños perdidos.
    La melancolía se plasma en sus letras. Dolor en el rictus. 
    Uniendo almas suena con aflicción. Profundas raíces. En el comienzo sonabas en los campos ahora eres urbano. 
    Soul dame al cuerpo. Y todo tiene sentido cuando tú estás… 
    SOL
    Sólo e imponente con estas tardes huyes, nos abandonas.
    Ojalá vuelvas mañana por el día grita el girasol.
    La mariposa vuela buscando calor. Y también yo…
  • Poesía y erotismo

    Poesía y erotismo

    ¨La relación entre erotismo y poesía es tan íntima que puede decirse, sin afectación, que el primero es una poética corporal y que la segunda, es una erótica verbal. Ambos están constituidos por una oposición complementaria. El lenguaje- sonido que emite sentidos, trazo material que emite ideas incorpóreas- es capaz de dar nombre a lo más fugitivo y evanescente: la sensación; a su vez, el erotismo no es mera sexualidad animal: es ceremonia, representación. El erotismo es sexualidad transfigurada, metáfora”[1].

    Estas palabras del escritor mexicano Octavio Paz nos vienen a poner sobre la mesa una realidad que muchas veces no advertimos: la sensualidad de la palabra es infinita. Así como las palabras coquetean y escenifican un baile seductor nuevo cada vez que juegan a ser poesía, de la misma manera los cuerpos flirtean y se cortejan mediante el baile del erotismo. Poesía y erotismo son dos herramientas que, combinadas, pueden hacer del hombre y de la mujer unos seres capaces de tocar lo inmaterial entre beso y verso.

    Decía la poeta norteamericana Silvia Plath:

    Cierro los ojos y el mundo muere;
    Levanto los párpados y nace todo nuevamente.
    (Creo que te inventé en mi mente).
    Las estrellas salen valseando en azul y rojo,
    Sin sentir galopa la negrura:
    Cierro los ojos y el mundo muere.
    Soñé que me hechizabas en la cama
    Cantabas el sonido de la luna, me besabas locamente.
    (Creo que te inventé en mi mente).
    Dios cae del cielo, las llamas del infierno se debilitan:
    Escapan serafines y soldados de Satán:
    Cierro los ojos y el mundo muere.
    Imaginé que volverías como dijiste,
    Pero crecí y olvidé tu nombre.
    (Creo que te inventé en mi mente).
    Debí haber amado al pájaro de trueno, no a ti;
    Al menos cuando la primavera llega ruge nuevamente.
    Cierro los ojos y el mundo muere.
    (Creo que te inventé en mi mente)[2].

    El erotismo en la escritura es tan antiguo como la propia literatura. Porque el ser humano es ser social desde su origen. Y es ser amante y galanteador también desde su esencia. Los primeros textos de literatura erótica se remontan a la antigua Grecia, en torno al 400 a. C. donde el amor al placer por lo estético era puramente hedonista. En una cultura así, el erotismo llenó la vida cotidiana de vasijas y otros objetos decorativos con diversos motivos sexuales.  En otras ocasiones, el erotismo literario se asoció a la sátira y la crítica social. El libro Los diálogos de las cortesanas, por ejemplo, se atribuye al escritor griego Luciano (S. II) y está considerado el libro pornográfico más antiguo. Es curioso resaltar que fue precisamente Luciano quien empleó por primera vez el término lesbianismo para referirse a la homosexualidad femenina, realidad que se mantenía camuflada o ignorada, puesto que las mujeres se consideraban seres inferiores, tanto en sí mismas como en lo concerniente a nombrarlas.

    La poesía amatoria la encontramos en Grecia con Píndaro, Marco Argentario, Safo, Anacreonte o el propio Sócrates, quien recita a su amante: “Mientras besaba a Agatón mi alma inflamó mis labios/ ahí se detuvo, doliente, habiendo querido saltar a él[3].

    En el sigo IV llegó el Kamasutra, considerado el más universal de los manuales sobre sexualidad. Escrito por Vatsiaiana Mallanaga como un texto religioso dirigido al pueblo de la India, la obra es un tratado de usos y consejos de las artes eróticas, que van desde la sensualidad más sutil a la más gráfica reproducción de posturas para el acto sexual.

    Desde entonces, todas las épocas literarias han tenido su capítulo amatorio-erótico, aunque ha de decirse que la Edad Media no propició mucho el género, (el Libro de buen amor, del Arcipreste de Hita en el siglo XIV, fue un buen ejemplo excepcional de cómo hasta el clero añoraba los sentires y placeres del cuerpo en aquellos siglos oscuros previos al Renacimiento). Otro ejemplo de esto lo constituye la misa conocida como Risus Paschalis en la que se celebraba la alegría de la Pascua frente a la tristeza de la Cuaresma, ensalzando a través de la burla el triunfo de Cristo sobre la muerte. El sacerdote debía provocar la risa en el pueblo durante la misa de la mañana de Pascua. Para conseguirlo utilizaba los medios que tenía a su alcance, pero sobre todo un buen puñado de recursos cargados de contenido sexual. Contaba chistes picantes, usaba expresiones eróticas, utilizaba marionetas, hacía gestos obscenos, simulaba relaciones sexuales y hasta enseñaba los genitales para arrancar las carcajadas de sus fieles. El pueblo reía las gracias, se contagiaba de la alegría y alimentaba con nuevas bromas y burlas la celebración de la Pascua[4].

    La tradición nació en Francia durante el siglo IX, se extendió por todo el norte de Europa, Italia y España. Sin embargo, donde realmente caló esta celebración fue en Baviera. Se cuenta que allí la Risus Paschalis rozó el desenfreno total y que incluso varios actos sexuales explícitos se celebraron dentro del templo.

    Pero es en los siglos XVI y XVII cuando el erotismo eclosiona. Y lo hace de una manera total: con un lenguaje muy elaborado y que apela en todo momento a la sensualidad, uniendo el placer sexual con la exploración del cuerpo desde las distintas formas de entender la sexualidad y sin evitar, siquiera, la trasgresión moral ni la ruptura de tabúes (Garcilaso, Quevedo, Dante, Petrarca…). Y ya no para hasta la actualidad.

    Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Gioconda Belli, García Lorca, Cristina Peri Rossi, Paul Verlaine, Charles Baudelaire, Alejandra Pizarnik, César Vallejo… son tantos los nombres en los que el erotismo se hace poesía que, como diría Cortázar, “me tienes la ortografía llena de puntos suspensivos»:

    Un alevoso seno picassiano baila

    ex tempore celebrando banquetes de impudor.                

    Se entrona libidinosamente

    entre babas y excesos.

    Enajena la prudencia y

    en carne viva

    la acribilla.

    Muere la mesura asfixiada entre lentejuelas

    consexuadas y jadeos de saxofón de raso.

    Un alucinógeno oleaje de cópulas eufóricas

    traza círculos orgásmicos en aquelarres sinuosos

    de manos, muslos y sudor.

    El pezón sigue erecto tras el pitillo.

    Las sábanas son sabanas de delirio

    entre signos de exclamación desmadejados.

    ©Rosa Galdona.

    La gramática del deseo no tiene verbos,

    ni nombres ni adverbios,

    solo tiene tu sinuosidad lasciva sosteniendo

    erecta mi ortografía (des)perfecta y hambrienta.

    ©Rosa Galdona.

    La conjugación de tus muslos y mis entrañas

    comulga

    en el sacrilegio concupiscente

    de un cosmos de simas.

    [1] Octavio Paz, La llama doble.

    [2] Canción de amor de la joven loca, de Sylvia Plath.

    [3] Platón [429- 347 a.C. Discípulo de Sócrates y fundador de la Academia]

    [4] Enrique Martínez-Salanova Sánchez, Erotismo en el arte del Renacimiento.

    Artículo publicado en la revista canaria Tamasma Cultural.

  • IGNACIA DE LARA, ESCRITORA Y FEMINISTA

    IGNACIA DE LARA, ESCRITORA Y FEMINISTA

    Buscando personajes canarios que merecen un lugar en nuestras páginas memorables, me he encontrado con Ignacia de Lara Henríquez. Según la Real Academia de la Historia, nació el 16 de agosto de 1880 y murió el 1 de septiembre de 1940. Su madre fue Victoria Henríquez Rivero, natural de Las Palmas, y su padre Antonio de Lara y Berraquero, nacido en Osuna, Sevilla.  Fue la tercera de ocho hermanos. Se crio en Vegueta, en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, y se educó en el Colegio de las Dominicas de esa misma ciudad.

    Ignacia de Lara

    Cronológica y formalmente perteneció al modernismo y los albores de la generación del 14, junto a los escritores Saulo Torón, Néstor de la Torre, Domingo Rivero, Josefina de la Torre, Tomás Morales o Alonso Quesada. Con Alonso Quesada, Tomás Morales, Francisco González Díaz, Sebastián Jiménez Sánchez o los hermanos Millares Cubas compartió amistad. Fue además, coetánea de Josefina de la Torre, Chona Madera y Pino Ojeda.

    Según nos cuenta su biógrafa “De Lara contrajo matrimonio en el año 1909 con Miguel Colorado D’Assoy, natural de Mallorca. Las infidelidades de su marido y los dos hijos que tuvo él fuera del matrimonio, sirvieron de base a su primer libro de poemas titulado Para el perdón y para el olvido que se publicó en Barcelona. Su obra queda dividida en dos fases. La primera se refleja en el ya citado poemario. La segunda abarca con Entre Paisanos. Cantares desde su regreso de Madrid a Las Palmas de Gran Canaria, en el año 1931, hasta su fallecimiento por cáncer, en 1940”[1].

    Su obra literaria se vio desbordada por su compromiso sociocultural como mujer. De carácter inquieto y progresista, era consciente de que el entorno agrario y masculino constituía esencialmente un muro a derribar en aquella sociedad. Eso la hizo dedicar esfuerzos la creación de espacios donde las mujeres empezaran a tener la oportunidad de entrar en contacto con la cultura. Ignacia de Lara fue pionera en la lucha por los derechos de la mujer. Como afirma Inmaculada Egüés en su Biografía, “si son conocidos los casos vinculados a fuerzas progresistas como Hildegart Rodríguez Caballeira, Clara Campoamor, Victoria Kent o Margarita Nelken, Ignacia de Lara, con la II República, también canalizó su inquietud social a través de la política. Adscrita en un inicio a la CEDA, el partido de Gil Robles no consintió que ocupara un lugar preferente en las listas para las elecciones de noviembre de 1933. Con todo, su ingente labor social en años anteriores y su reivindicación del sufragio femenino, llevó a las implicadas en la lucha por el desarrollo de la mujer a impulsar su candidatura independiente”[2].

    Fue presidenta de la entidad Acción Popular de la Mujer (1931-1933), una organización de acción católica femenina fundada en los años 1920 cuyo objetivo era intentar conseguir mejoras sociales y culturales para las mujeres. Durante esta etapa realizó muchos artículos periodísticos, de corte feminista, de compromiso social sobre personajes literarios. Entre las principales colaboraciones, destacaron las de los diarios El Defensor de Canarias, La Falange y La Voz Obrera[3]. ​

    De Lara defendió la igualdad de los derechos de las mujeres y de las clases obreras y solicitó la urgencia de un cambio social. Utilizó la palabra como herramienta principal en su lucha. Llegó a postularse como candidata a diputada a las Cortes españolas en 1933, pero no consiguió el acta por el hecho de ser mujer[4].

    Como suele suceder con los profetas en su tierra, la labor Ignacia de Lara no fue reconocida hasta después de su fallecimiento. Nada menos que 14 años después de su muerte (1954), el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria decidió reconocer su trayectoria poética y su lucha en defensa de la mujer, poniendo una calle a su nombre en el barrio de Escaleritas. Más tarde aún se puso otra calle a su nombre en Jinámar (2013).

    1] Egüés Oroz, María Inmaculada; Ignacia de Lara, perfil biográfico. Obra poética y obra en prosa. Cabildo de Gran Canaria. Las Palmas de Gran Canaria, 2004

    [2] Ídem.

    [3] Real Academia de la Historia.

    [4] “Ignacia de Lara: una mujer en el archivo de El Museo Canario”. Blog del archivo de El Museo Canario.

    *Artículo publicado en la revista canaria Tamasma Cultural.

  • Dos poemas y un experimento

    Dos poemas y un experimento

    Cuando converso con alguien que me dice que no le gusta la poesía, siempre tropiezo con los mismos motivos o, mejor dicho, prejuicios. Algunos argumentan que es un género pasado de moda y utilizan adjetivos como afectado o artificial. A veces hasta lo califican abiertamente de cursi o ñoño y afirman que se emplea solo para hablar del amor romántico. Cuando les pido que me nombren algún poeta que conozcan, a menudo mencionan a Bécquer y sus versos más relamidos. Sin duda la ven como la hermanita fea y tonta de la Literatura.

    En el lado opuesto están los que la consideran como algo demasiado complicado, sublime, tan elevado que es cosa de unos pocos elegidos. Sostienen que leer poemas les hace sentir incómodos porque no llegan a entender de manera clara lo que el autor quiere expresar. Me atrevería a decir que estas personas padecen algún tipo de metrofobia, es decir, sienten temor ante la poesía o, en muchos casos, ante su propia falta de control absoluto sobre el significado del poema. En mi experiencia, los aquejados por este problema suelen tener una mente analítica y pragmática y normalmente se inclinan por las Ciencias antes que por las llamadas Humanidades.

    Pues bien, me gustaría intentar hacer cambiar de idea a unos y a otros. Sé que no es una empresa fácil y que no se pueden eliminar prejuicios como el que utiliza una goma de borrar sobre una frase escrita a lápiz, pero me voy a atrever a través de un pequeño experimento.

    Para esta demostración voy a emplear poemas de dos grandes poetas uruguayas: Cristina Peri Rossi (Montevideo, 1941) e Ida Vitale (Montevideo, 1923). El primero, el de Peri Rossi, se titula “La pasión”, pertenece a su poemario “Babel bárbara” de 1991, y es un poema de amor:

     La Pasión 

    Salimos del amor

    como de una catástrofe aérea

    Habíamos perdido la ropa

    los papeles

    a mí me faltaba un diente

    y a ti la noción del tiempo

    ¿Era un año largo como un siglo

    o un siglo corto como un día?

    Por los muebles

    por la casa

    despojos rotos:

    vasos fotos libros deshojados

    Éramos los sobrevivientes

    de un derrumbe

    de un volcán

    de las aguas arrebatadas

    y nos despedimos con la vaga sensación

    de haber sobrevivido

    aunque no sabíamos para qué.

    Difícilmente se podría definir este texto como un poema romántico en el sentido de sensiblero. La poeta describe el estado físico y emocional en el que se encuentra alguien tras una experiencia amorosa que se compara con la supervivencia ante un desastre. Sin embargo, y a pesar de no contener el vocabulario o las imágenes que normalmente asociamos con ellos, la pasión amorosa y el erotismo se pueden palpar en todo el texto. 

    El segundo poema de nuestro experimento fue escrito por la longeva y vitalista Ida Vitale, galardonada entre otros con el Premio Cervantes en 2018, se titula “El Pozo” y aparece en el poemario “De palabra dada” de 1953: 

    El Pozo 

    Suponiendo que estamos en el fondo
    de un pozo imaginario;
    que ese pozo tiene altura,
    brocal, más allá cielo
    para alguien que lo alcance;
    y dando por sentado
    que tiene un contenido
    en esperanzas yertas,
    averígüese el tiempo
    que habrá de transcurrir
    para que quien está
    en lo más hondo de él
    llegue hasta arriba.
    Formúlese la respuesta
    en sueños viables,
    fines laberintos,
    ilusiones volátiles.
    Calcúlese también
    la energía perdida
    cada vez que se vuelve
    a tocar fondo.

    La genialidad de esta composición poética reside en que tiene el formato característico de un ejercicio de Física y, sin embargo, trata de la desesperanza, el desánimo, el abatimiento, algo que difícilmente se puede superar mediante una fórmula matemática. Las emociones que transmite van más allá de cualquier experimento empírico y son imposibles de medir en magnitudes físicas. 

    La originalidad de estos dos poemas queda patente en el enfoque novedoso que las dos poetas dan a los temas tratados, sin embargo, esto no es suficiente para que sean calificados como de calidad. Que algo sea innovador, diferente, no significa necesariamente que sea bueno. Entonces, ¿qué hace extraordinarios a estos versos que, por otra parte, no son sino un ejemplo de los muchos que podríamos encontrar en la Literatura en español?

    Tanto Peri Rossi como Vitale demuestran una gran maestría en lo que en mi opinión son los elementos imprescindibles de la buena poesía: Las dos han seleccionado el vocabulario de forma minuciosa y coherente con el mensaje y la forma; han logrado imprimir ritmo y musicalidad (algo que se demuestra con la lectura en voz alta de los textos) aunque los poemas no contengan rimas ni una métrica definida; evitan el empleo de “lugares comunes”, esos clichés tan manidos que ya no nos conmueven (de hecho la “rareza” de las imágenes empleadas impacta al lector y le hace seguir la lectura con interés); finalmente, el mensaje que transmiten se sugiere, se insinúa, y de esta forma se hace atemporal y universal, cualquiera puede hacerlo suyo por mucho tiempo que haya transcurrido desde su publicación.

    Si han llegado hasta aquí leyendo este artículo, doy por bueno el experimento, aunque no haya convencido a nadie de que la poesía no tiene por qué ser cursi ni llena de tópicos ni ser sólo para un grupo de intelectuales ociosos. En cualquier caso, cada amanecer nos brinda una nueva oportunidad para disfrutar de ella, lo que no es poco. 

    Artículo publicado en Revista Canarias Literaria nº 3

  • Poesía es todo

    Poesía es todo

    La poesía es como el viento,

    o como el fuego, o como el mar.

    Hace vibrar árboles, ropas,

    abrasa espigas, hojas secas,

    acuna en su oleaje

    los objetos que duermen en la playa…»

    José Hierro (poeta español)

    Estas palabras son, acaso, la instantánea que capta la esencia misma de la poesía. Poesía es todo. Cualquier cosa. Un sentimiento en primera persona y una voz que lo verbaliza. Ya está. Es algo tan dúctil, tan flexible, tan vasto en el universo vasto de los sentimientos humanos, que solo hay que dejar fluir pensamiento y palabra. Y ahí nace.

    La poesía, como creación humana, se remonta a la Grecia de Platón, quien en su Banquete la define como poiesis, es decir, creación o producción que nace para ser y, por consiguiente, para dejar de “no ser”. De la inexistencia al acaecer. Esa es la génesis de cualquier realidad. Desde Platón ha pasado mucho tiempo, pero la esencia de la creación artística sigue siendo fiel a aquella filosofía de “construir de la nada (pensemos, si no, en una escultura, en una pintura, en una partitura… el creador materializa lo que antes solo estaba en su cabeza).

    Es tan amplio el camino de la creación poética en la Historia de la Humanidad que intentar un viaje por los versos es una aventura, a priori, incompleta y por supuesto subjetiva. Tanto como la poesía misma. Por eso, la selección que se haga en esta sección no aspira a otra cosa que la de esbozar una pincelada del maravilloso y anchísimo mundo de los versos. Bienvenidos al viaje.

    Decía Gloria Fuertes en “Sale caro ser poeta”:

    Sale caro, señores, ser poeta.

    La gente va y se acuesta tan tranquila

    -que después del trabajo da buen sueño-.

    Trabajo como esclavo llego a casa,

    me siento ante la mesa sin cocina,

    me pongo a meditar lo que sucede.

    La duda me acribilla todo espanta;

    comienzo a ser comida por las sombras

    las horas se me pasan sin bostezo

    el dormir se me asusta se me huye

    -escribiendo me da la madrugada-.

    Y luego los amigos me organizan recitales,

    a los que acudo y leo como tonta,

    y la gente no sabe de esto nada.

    Que me dejo la linfa en lo que escribo,

    me caigo de la rama de la rima

    asalto las trincheras de la angustia

    me nombran su héroe los fantasmas,

    me cuesta respirar cuando termino.

    Sale caro, señores, ser poeta.

    En efecto, ser poeta no es labor baladí. Ni un entretenimiento para “señoritas desocupadas” al más puro estilo decimonónico. Ser poeta -si es que se consigue- es una lucha contra los elementos, contra las musas que no madrugan, contra el desánimo, contra los desasosiegos internos que no atinan a salir, contra los oídos sordos que pasan por ahí afuera, … contra tantas adversidades, que, realmente, quien escribe lo hace por auténtico amor a las letras:

    Un verso corteja errante

    las esquinas de mis manos.

    Un verso que es capítulo despistado

    del libro de los paladares de yerbabuena.

    Un verso desorbitado que mezcla

    huracanes y vértices,

    molinos y membranas de ángel,

    vinilos de jazz y abrazos de niña en busca

    de la receta perfecta del verbo…

    *Publicado en la revista canaria Tamasma Cultural

  • Clima y literatura canaria

    Clima y literatura canaria

    Desde mi balcón, al pelete del atardecer, pienso en la diversidad climática que tiene Tenerife. Para algunas personas procedentes del continente, vivir en las islas les provoca una sensación de encierro; a mí, no. ¡Tienen tanto que mostrar más allá del sol y la sangría! Por otro lado, para los que habitan en ellas, el océano que les abraza es una promesa de inmensidad y libertad.

    En esta isla en concreto, Tenerife, esa sensación viene dada también por dos elementos, su orografía, escarpada e impresionante, y sus 25 microclimas, que permiten elegir la estación del año en que uno quiere vivir con apenas unos kilómetros de distancia. Cambios bruscos de temperatura que dependen de la altitud u orientación y se ven reflejados en la variada vegetación del paisaje según nos encontremos en el norte o sur de la isla:

    • La zona norte, donde golpean los vientos Alisios, se subdivide en tres áreas: baja (clima mediterráneo, 200-600 metros de altitud), media (clima oceánico, frío y húmedo, 600-1500 metros de altitud) y alta (aire seco y polar en invierno, 1500-2700 metros de altitud).
    • La zona sur, donde no inciden los vientos Alisios, se subdivide en tres áreas, también: baja (costera y árida), media (lluvias ocasionales con temporales del sur), y alta (días calurosos).

    ¿Cómo afecta el clima a la literatura canaria?

    El clima de las islas Canarias ha tenido y tiene una influencia significativa en la literatura. Ya Homero, s. VIII a.C., ‘crea’ la Macaronesia y la leyenda en torno a Canarias (1) a través de la poesía épica con la Ilíada y la Odisea. Tiempo después, en los siglos XVI y comienzos del XVIII, encontramos referencias literarias al vino, entre muchos otros, en obras de William Shakespeare (2). El clima y José de Viera y Clavijo están muy ligados y, como muestra, nos remitimos a su Diccionario de la Historia Natural de las Islas Canarias, de publicación póstuma en 1866. Ya en el siglo XX, podemos empezar por Agencia Thompson y Cía., de Julio Verne, publicada póstumamente en 1907, donde narra las peripecias de un viaje en un barco a vapor a través de las Azores, Madeira y las islas Canarias. Seguimos con el recuerdo a Eugene O’Neill que se estableció aquí en 1931 para finalizar A Electra le sienta bien el luto. Por otro lado, ¿sabías que Agatha Christie solucionó un caso en Tenerife? Pasaba largas estancias en el Puerto de la Cruz y quiso dedicarle un relato llamado La señorita de compañía, recogido en Miss Marple y trece problemas publicado en 1932.

    Un año después, A. J. Cronin (Nobel de Literatura en 1960) también escribió Gran Canaria, novela con una trama entre esa isla y Tenerife. En los mismos años 30, André Bretón, el impulsor del movimiento surrealista, vino a Tenerife con motivo de la I Exposición Internacional Surrealista y se inspiró para la escritura de El amor loco.

    A estas alturas, seguro que nos dejamos muchos autores sin mencionar que han sido influenciados por la climatología canaria. Un millón de disculpas. No obstante, antes de finalizar, no podemos olvidarnos de Alberto Vázquez-Figueroa, con más de cien libros publicados y traducido prácticamente a todos los idiomas; Alexis Ravelo, uno de los grandes valores de la novela negra en español, fallecido recientemente; Félix Francisco Casanova, a quien se ha homenajeado este año durante el Día de las Letras Canarias; Andrea Abreu y su novela Panza de burro, o mar de nubes canario (3), y el periodista Juan Cruz Ruiz, autor de Viaje a las Islas Canarias, donde nos explica: “Tenerife es todas las estaciones a la vez, mientras que Gran Canaria es invierno y verano, Fuerteventura verano y Lanzarote es como una eterna primavera caliente. En La Gomera encontramos todas las estaciones: la primavera de Playa Santiago, el verano melancólico de Valle Gran Rey y el invierno cerrado de Garajonay…” (4).

    En resumen, el clima de las islas Canarias, abordado como tema central o como telón de fondo para las historias, ha sido un elemento importante en la literatura isleña, ya que ha servido como fuente de inspiración y ha influido en las tramas y los personajes de muchas obras literarias.

    Webgrafía

    1. La huella turística de Canarias en la literatura universal
    2. Notas desde la Villa de Candelaria (Tenerife). 10.- El vino canario en la literatura
    3. Mapa y literatura: las Canarias de Andrea Abreu | Traveler
    4. Juan Cruz: «ninguna isla se parece a la otra» | Hola Islas Canarias

    *Artículo publicado en la revista canaria Tamasma Cultural

  • Elogio de la oda

    Elogio de la oda

    En un mundo donde lo que más parece atraer es la crítica feroz, donde los “odiadores” se extienden como una mancha de aceite ensuciando todo lo que tocan, donde el elogio suele equipararse a la sumisión absoluta o levanta la suspicacia de que se hace por algún motivo espurio o por un interés personal, me gustaría hacer una defensa de la oda.

    No hablo de la elegía —ya se sabe que tras la muerte todo el mundo es buenísimo— ni de la oda en su sentido más clásico, es decir, aquella composición lírica originaria de la antigua Grecia, escrita para ser cantada, en la que se enumeran las excelencias de una persona o se enaltecen sentimientos elevados con un estilo grandilocuente. Y no lo hago, no porque esté en contra de este tipo de textos, que merecen todo el respeto, sino porque lo único que pretendo es mostrar algunos ejemplos en los que se ha usado este tipo de poemas de forma novedosa y original, independientemente de que se les haya llamado odacanto o elogio

     Empezaré recordando el trabajo de algunos poetas consagrados del Romanticismo inglés del siglo XIX que escribieron odas utilizando la fórmula clásica de dirigirse directamente a quien o a lo que se exaltaba, empleando muchas veces la interjección “oh” como manera de expresar su asombro ante las grandezas que estaban alabando. Lo insólito de esta corriente artística era que se inspiraran en la naturaleza, en lugares lejanos y/o exóticos o en la Historia.  Veamos algunos fragmentos de odas románticas:

    “Oda al viento del oeste”, de Percy B. Shelley (1792-1822):

    “Oh, salvaje Viento Oeste, aliento del otoño,

    tú, de cuya presencia las hojas muertas

    se alejan, como espectros que de un hechicero huyeran,” 

      “Oda a una urna griega”, de John Keats (1795-1821):

    “Tú, ¡novia aún intacta de la tranquilidad!
    ¡Tú, hija adoptiva del silencio y del tardo tiempo,
    historiadora selvática, que puedes expresar
    un cuento adornado con mayor dulzura que nuestra rima! ”

    En España y en el primer tercio del s. XX, Federico García Lorca también empleó algunos de esos elementos clásicos, aunque siempre con la genialidad y el talento que le caracterizaba, en su famosa ”Oda a Salvador Dalí”, un canto de alabanza hacia alguien que admiraba y quería: 

    “¡Oh, Salvador Dalí, de voz aceitunada!
    No elogio tu imperfecto pincel adolescente
    ni tu color que ronda la color de tu tiempo,
    pero alabo tus ansias de eterno limitado.”

    Es a partir de la segunda mitad del siglo XX cuando encontramos, siempre desde mi punto de vista, las odas más singulares. Haré aquí una clasificación de las que me parecen más sorprendentes o curiosas por su temática o por su forma.

    1.- Odas sobre temas poco usuales, algunos considerados como tabú en nuestra cultura. 

    La estadounidense Sharon Olds (S. Francisco, 1942), que tiene entre otros muchos reconocimientos el Premio Pulitzer de poesía 2013 o el Premio internacional Joan Margarit de poesía 2023, ha escrito odas al clítoris, al pene, a las estrías o al himen. El comienzo de su “Oda al clítoris” (traducción del peruano Reinhard Huaman Mori) dice:

    “Pequeña ansia; 

    cesta de flores de una niña de espina suave
    y pétalo, cercana a la entrada de la columna
    de satén del pasillo interior; ”

    Por otra parte, el chileno Pablo Neruda (1904-1973) escribió un total de 225 odas a lo largo de la década de los cincuenta, comenzando con las contenidas en Canto General (1950) y continuando con Las Odas Elementales (1954), Nuevas Odas Elementales (1956), Tercer Libro de Odas (1957) y Navegaciones y Regresos (1959). En estos poemas Neruda pretendía reflejar la historia del tiempo que le tocó vivir, sus cosas, los oficios, las gentes, las frutas, las flores, la vida, su posición, o la lucha. Como es de suponer, podemos encontrar odas a cosas tan dispares como al chocolate, al día feliz, a la papa o al gato. Este es el comienzo de su “Oda a la cebolla”:

    “Cebolla,
    luminosa redoma,
    pétalo a pétalo
    se formó tu hermosura,
    escamas de cristal te acrecentaron
    y en el secreto de la tierra oscura
    se redondeó tu vientre de rocío”

    2.- Coincidentes en el fondo.

    Puestos a hablar de curiosidades, quiero mencionar a dos poetas que coincidieron en componer una oda a un elemento que utilizaban en su día a día en su labor literaria: la máquina de escribir. Pedro Salinas (1891- 1951) escribió su célebre “Underwood Girls” en 1931. El poema es un canto de exaltación a las teclas (las chicas o “girls”) de la máquina de escribir marca Underwood que empleaba:

     “Quietas, dormidas están,

    las treinta redondas blancas.

    Entre todas

    sostienen el mundo.

    Míralas aquí en su sueño,

    como nubes,

    redondas, blancas y dentro

    destinos de trueno y rayo,

    destinos de lluvia lenta,

    de nieve, de viento, signos.”

    Décadas más tarde, Francisco Umbral (1932-2007) hacía algo similar, esta vez con una Olivetti, en su poema “La máquina de escribir”: 

    “Pequeña metralleta entre mis manos,

    máquina de  matar con adjetivos,

    máquina de escribir, arma del tiempo.

    En todas las mañanas de mi vida,

    el tableteo audaz de mi olivetti,

    ese ferrocarril de ortografía

    en que viajo muy lejos de mí mismo

    o retorno a los campos de la prosa

    para reñir batallas en mi lengua”

    3.- Coincidentes en la forma. 

    Para acabar este particular homenaje a una forma lírica tan antigua y a la vez tan moderna, me gustaría hablar de las dos últimas odas de este artículo. Una está escrita por Mario Benedetti (1920-2009), titulada “Oda a la pacificación”, y la otra por Raquel Lanseros (Jerez de la Frontera, 1973), de título “Oda a la creencia”. La de Benedetti apareció en su poemario “Letras de emergencia”, escrito entre 1969 y 1973, cuando Uruguay experimentaba una profunda crisis económica y social. La de Lanseros, de su libro “El sol y las otras estrellas” (2024), es totalmente distinta en su temática, sin embargo, es patente que la española hace un guiño al uruguayo al usar un formato propio de los trabalenguas o juegos de palabras. Aquí se las dejo para que puedan disfrutarlas. Al fin y al cabo, ¿qué es la poesía sino un juego? 

    ODA A LA PACIFICACIÓN (Mario Benedetti)

    No sé hasta dónde irán los pacificadores con su ruido metálico de paz
    pero hay ciertos corredores de seguros que ya colocan pólizas contra la pacificación
    y hay quienes reclaman la pena del garrote para los que no quieren ser pacificados


    cuando los pacificadores apuntan por supuesto tiran a pacificar
    y a veces hasta pacifican dos pájaros de un tiro


    es claro que siempre hay algún necio que se niega a ser pacificado por la espalda
    o algún estúpido que resiste la pacificación a fuego lento


    en realidad somos un país tan peculiar
    que quien pacifique a los pacificadores un buen pacificador será.

    https://youtu.be/n8ZtwVTwrg4 (En este enlace podrán escuchar al autor leyendo el poema)

    ODA A LA CREENCIA (Raquel Lanseros)

    Quién pudiera creer, seguir creyendo

    en ti que eras quien creyó que fuiste

    aquella que yo creí ser algún día

    cuando creía en tus ojos y, creyéndote,

    volvía a creer, crédula y sin descrédito.

    Hoy me cuesta creer que te creyera

    y, sin embargo, aunque no me creas,

    nada quisiera más que creer de nuevo,

    ligero el corazón de descreimiento,

    como solo se cree antes de haber creído.

    *Artículo publicado en la Revista Canarias Literaria nª 2

  • Poesía protesta

    Poesía protesta

    Para la libertad sangro, lucho, pervivo.

    Para la libertad, mis ojos y mis manos,

    como un árbol carnal, generoso y cautivo,

    doy a los cirujanos.

    (…)

    Para la libertad me desprendo a balazos

    de los que han revolcado su estatua por el lodo.

    Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,

    de mi casa, de todo.

    Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,

    ella pondrá dos piedras de futura mirada

    y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan

    en la carne talada.

    Miguel Hernández (poeta español)

    La poesía siempre ha sido una voz subjetiva. Una presencia del yo que canta y grita y llora y cuenta lo que siente, lo que ama, lo que añora o lo que detesta. La crítica social es una actividad fuertemente ligada a percepciones personales de índole filosófica, moral, religiosa y social desde la Antigüedad. La poesía no es una excepción. Es un deber del escritor “no mirar hacia otro lado”[1]. Todos nosotros nos quejamos de aquello que no nos place o nos molesta, es nuestra naturaleza. En literatura, las Sátiras de Juvenal, escritas en el s. I de nuestra era, constituyen una crítica de la decadente sociedad romana que trata en dieciséis poemas cuestiones como la hipocresía, la servidumbre, las supersticiones o la corrupción, entre otros[2].

    La Edad Media nos deja ejemplos como el Cancionero profano de Alfonso X, el Barroco nos deja los Sueños y discursos, de Quevedo. La Ilustración, por su parte, nos deja el Teatro crítico Universal de Feijoo, con su intento de corregir viejas supersticiones, prejuicios y costumbres de la época. El siglo XIX nos ofrece la mirada crítica inigualable de Mariano José de Larra o Espronceda. El siglo XX comienza con los cuestionamientos filosóficos de la Generación del 98, con el rupturismo de las vanguardias, con el rechazo a la razón dieciochesca y al prosaísmo del siglo XIX de la Generación del 27 y los simbolistas. Y luego, la guerra. La guerra y su paréntesis de muerte, miedo y letargo de la cultura.

    Tras la pesadilla de la contienda civil, nació la poesía social como tal. Brotó como una necesidad expresiva a raíz de la represión brutal que sufrió la sociedad española tras el enfrentamiento. Hubo en aquellos años una censura de prensa tan estricta (dictada por una ley de 1938) que imponía la revisión censora de cualquier escrito antes de ser publicado. En ese escenario, fue la cultura fue un movimiento conocido como comprometido que se dedicó a denunciar las injusticias del franquismo más férreo. Desde la literatura se manifestaron voces como Gil de Biedma, Blas de Otero, Gloria Fuertes o Miguel Hernández, entre otros. Desde el plano musical no podemos obviar el protagonismo que tuvo la música de Luis Eduardo Aute, Paco Ibáñez, Serrat, Rosa León o Raimon, puesto que consiguieron traspasar nuestras fronteras con su grito contra los desmanes del franquismo. ¿Quién no ha oído la canción de Aute Al alba?

    https://youtube.com/watch?v=0U_Qic-AZv8%3Ffeature%3Doembed

    La canción habla en clave metafórica de los últimos fusilados por el franquismo en 1975, dos de ellos pertenecientes a ETA político-militar y tres al Frente Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP). De la misma manera, y volviendo a la literatura, poetas como Dámaso Alonso alzan la voz como un signo de interrogación gigante ante tanta iniquidad e injusticias circundantes:

    Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas).

    A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,

    y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.

    Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.

    Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,

    por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid,

    por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.

    Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?

    ¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día, las tristes azucenas letales de tus noches?[3]

    Estos versos pertenecen al poema Insomnio, incluido en libro Hijos de la ira, considerado un precedente del existencialismo literario. En palabras de su autor se trata de «un libro de protesta escrito cuando en España nadie protestaba. Es un libro de protesta y de indagación. Protesta ¿contra qué? Contra todo… Habíamos pasado por dos hechos de colectiva vesania, que habían quemado muchos años de nuestra vida, uno español y otro universal, y por las consecuencias de ambos. Yo escribí Hijos de la ira -confiesa Dámaso Alonso- lleno de asco ante la estéril injusticia del mundo y la total desilusión de ser hombre. De manera similar. Blas de Otero escribe a grito limpio contra la inutilidad y la rabia de vivir en la náusea del terror:

    A la inmensa mayoría

    Aquí tenéis, en canto y alma, al hombre

    aquel que amó, vivió, murió por dentro

    y un buen día bajó a la calle: entonces

    comprendió: y rompió todos sus versos.

    Así es, así fue. Salió una noche

    echando espuma por los ojos, ebrio

    de amor, huyendo sin saber adónde:

    adonde el aire no apestase a muerto.

    (…)

    horribles peces de metal recorren

    las espaldas del mar, de puerto a puerto.

    Yo doy todos mis versos por un hombre

    en paz. Aquí tenéis, en carne y hueso,

    mi última voluntad. Bilbao, a once

    de abril, cincuenta y tantos. Blas de Otero.[4]

    Cuando el entorno nos asfixia, surge nuestra voz, incluso desde más allá de las palabras y levanta la mano. Exige su catarsis y habla. Es difícil que la poesía no sea un compromiso, del tipo que sea, con lo que uno siente. Galeano protesta contra la sociedad que lo asfixia, contra el sistema:

    Los funcionarios, no funcionan.
    Los políticos hablan, pero no dicen.
    Los votantes votan, pero no eligen.

    Los medios de información desinforman.
    Los centros de enseñanza, enseñan a ignorar.
    Los jueces, condenan a las víctimas.

    Los militares están en guerra contra sus compatriotas.
    Los policías no combaten los crímenes, porque están
    ocupados en cometerlos.

    Las bancarrotas se socializan, las ganancias se
    privatizan.

    Es más libre el dinero que la gente.
    La gente, está al servicio de las cosas[5].

    Así, frente a aquello que no nos deja indiferentes porque no nos deja ser, hay que alzar la voz. Alzarla hasta la extenuación, si hace falta. Pues, como dijo Álvaro Mutis:” Que te acoja la muerte/con todos tus sueños intactos[6].

    Dame un unicornio oxidado

    y mataré los mohos de lo cotidiano.

    Dame una melodía de jazz en clave de sol matutino

    y ahorcaré a los hijos pestilentes de la mediocridad.

    Dame una cuerda dúctil de chelo

    y la canción de tus sueños

    te será concedida aun naciendo

    en el ojo grave del huracán.

    Dame un átomo de polvo de hadas

    y el mundo de las gentes buenas

    hervirá en la marmita de mi conjuro

    hasta retoñar

    como rama virgen

    en los ojos redondos y transparentes

    de la niña de la esquina.

    Dame un unicornio viejo, aburrido y oxidado

    y verás cómo aniquilo todos los mohos

    de lo cotidiano.

    ©Rosa Galdona

    Ayer me contó la conciencia

    que hay niños hambrientos

    implorando por los portales.

    Que hay hombres sin techo,

    mujeres sin cara y sin voz,

    sueños ahorcados por la injusticia.

    Anoche lloró mi vergüenza

    por la desidia humana

    que amortaja a las niñas de alquiler.

    Cada día da patadas mi impotencia

    ante los grilletes que asfixian la ilusión humana.

    Y la desnucan. Y la asesinan impunemente

    ante la indolencia de quien ya no quiere

    ni creer ni luchar.

    ©Rosa Galdona.

    Detrás del burka respira una mujer.

    Una hembra nacida y adiestrada para existir

    en su calabozo de tela,

    diminuto e infinito.

    Ella es atrofia de vida y mutismo de tiempos.

    Ella es sexo ajusticiado y útero útil,

    y aliento de pánicos ahogados en sus propios fluidos.

    Ella es obediencia de ancestros y sumisión subyugada

    en nombre del hombre y del dios.

    Detrás de cada burka respira una mujer

    Espoleada y clavada a su cárcel de cachemir.

    En nombre del hombre y del dios.

    [1] Jorge Riechmann establece en su poética que el escritor tiene la obligación de decidir qué hacer ante una realidad concreta (Una morada en el aire, Barcelona, El Viejo Topo, 2003).

    [2] En la actualidad se considera esta obra de Juvenal uno de los ejemplos más antiguos de literatura de protesta.

    [3] Alonso, Dámaso, Hijos de la ira, 1944.

    [4] Blas de Otero: Pido la paz y la palabra, (1955).

    [5] Eduardo Galeano, incluido en su libro Días y noches de amor y guerra.

    [6] Álvaro Mutis, poema Amén de su libro Los trabajos perdidos.

    *Artículo publicado en la revista canaria Tamasma Cultural.

  • Mestizajes músico-poéticos

    Mestizajes músico-poéticos

    Hace poco leí que la poesía y la música son el lenguaje de las emociones y de los sentimientos. Creo que nadie puede estar en desacuerdo con esta afirmación que, por otro lado, se podría aplicar a todas las demás manifestaciones artísticas. ¿Quién no se ha emocionado con la pintura o el cine, con la danza o la escultura? ¿Acaso no se traspasan las barreras comunicativas, lingüísticas y culturales a través de la fotografía, por ejemplo? 

    Podríamos comenzar aquí una exposición sobre la permeabilidad de las distintas formas artísticas o incluso debatir qué es lo que debería considerarse arte, pero ese no es el motivo de este artículo. El propósito de estas palabras es centrarnos en dos de las actividades humanas creativas más arcaicas: la música y la poesía.

    Ya desde la antigua Grecia, hace miles de años, los aedos cantaban sus propios versos acompañándose de un instrumento de cuerda. Algo parecido era lo que hacían los bardos celtas, que contaban la Historia y las leyendas de sus pueblos en largos poemas musicados. En la Europa medieval aparecen los juglares, de origen humilde, que iban de pueblo en pueblo cantando y recitando composiciones poéticas que no eran suyas, con el acompañamiento de instrumentos musicales. Los trovadores, en cambio, solían pertenecer a una clase social más alta y eran los autores de las canciones y poemas que interpretaban.

    Hemos citado aquí algunas de las figuras más conocidas de la Historia que empleaban por igual la música y la poesía, pero no podemos dejar de pensar que hubo otras. Mucho antes incluso de la presencia de los aedos griegos, en civilizaciones lejanas en el tiempo y en el espacio y aunque fuera de una manera muy rudimentaria, el ser humano se ha valido de la música y la poesía y las ha fusionado con fines que irían desde lo religioso a la concienciación política pasando por el simple divertimento. 

    Si focalizamos nuestra atención en épocas recientes, podríamos mencionar diferentes mestizajes músico-poéticos que han influido en generaciones enteras. Es imposible nombrarlos a todos, así que he hecho una selección de aquellos por los que tengo especial preferencia.

    Empezaremos con algunos ejemplos de canciones que en realidad son poemas musicalizados. Dentro de este apartado y aunque Joan Manuel Serrat aparecerá en otro párrafo posterior, hay que citar sus álbumes: Dedicado a Antonio Machado, poeta (1969), Miguel Hernández (1972) y El sur también existe (1985), en los que homenajea a Antonio Machado, Miguel Hernández y Mario Benedetti respectivamente, poniendo música a sus hermosas y estremecedoras composiciones poéticas.

    Otro caso de musicalización de poemas lo encontramos en el delicioso y conmovedor trabajo La palabra en el aire (2003) —con poemas del gran Ángel González, cantados algunos por el no menos grande Pedro Guerra y recitados otros por el propio poeta—, del que se ha dicho que es uno de los más bellos ejemplos de poesía cantada en español en el siglo XXI.

    Aunque podríamos seguir citando muchos otros ejemplos, quiero acabar este apartado hablando de Los versos del capitán (publicado en España en 1979), álbum musical en el que la argentina Olga Manzano y el uruguayo Manuel Picón rinden homenaje al chileno Pablo Neruda interpretando versiones musicadas de su libro homónimo.

    Ya hemos mencionado a Joan Manuel Serrat y a Pedro Guerra, dos figuras imprescindibles en el panorama musical en lengua española, no solo por haber cantado a otros poetas, sino también por la calidad indiscutible de sus propias letras. Aquí es donde aparece la figura del cantautor y con ella la amalgama indisoluble entre el músico y el poeta. Es imposible distinguir la frontera entre uno y otro cuando nos referimos a estos dos grandes o a otros como Joaquín Sabina, Fito Cabrales o Jorge Drexler, por nombrar solo a tres. Pero es que lo mismo ocurre en otras lenguas como el inglés, donde encontramos a monstruos de la poesía musicalizada o la música poetizada como son Leonard Cohen o el mismísimo Bob Dylan, que han llegado a obtener prestigiosos galardones literarios como el premio Príncipe de Asturias de las letras 2011 o el premio Nobel de Literatura 2016, respectivamente.

    Llegados a este punto, me gustaría incidir en un aspecto quizás menos conocido del tema que estamos desarrollando: ¿cómo puede la música ser inspiración para la poesía y hasta dónde se extiende su influencia?

    Desde la invención del fonógrafo, no es difícil imaginar a poetas usando melodías como ambientación mientras se embarcaban en sus viajes literarios. La llamada música clásica siempre ha servido de inspiración y es muy probable que las piezas musicales de Vivaldi o Mahler estén detrás de las composiciones poéticas más importantes de la historia de la literatura, de la misma manera que el jazz está dentro de las obras de los poetas de la generación Beat o que el flamenco vive en los versos de Federico García Lorca. Es indiscutible que la letra, la melodía, el ritmo, las emociones y recuerdos transmitidos en una canción pueden servir como fuente de inspiración para la escritura de un poema, igual que lo es la lectura de otras obras poéticas. 

    Para acabar, me gustaría mencionar a Julio Cortázar, cuya narrativa ha eclipsado su excelente producción poética. Cortázar era, además de un gran lector, un melómano empedernido, gran conocedor del jazz y amante del tango. De hecho, el álbum musical Veredas de Buenos Aires, editado en 1980 después de la muerte del escritor, contiene magníficos tangos compuestos por el propio Cortázar. Además, el autor de la inigualable Rayuela no ocultaba su fascinación por las canciones del cantautor cubano Pablo Milanés, lo que le llevó a inspirarse en su tema “Ya ves” para escribir un bello poema titulado Blues for Maggie. El círculo parece cerrarse cuando en 2013 la cantante Jamila Purofilin edita un álbum con canciones que llevan por letra poemas de Cortázar. Jamila dice haberse inspirado en Papeles inesperados, un libro de Alfaguara de 2009 que contiene textos inéditos del desaparecido escritor argentino. Entre los poemas musicalizados en este disco está el citado “Blues for Maggie”, presuntamente dedicado a Maggie Prior, una cantante afrocubana (igual que la misma Jamila), intérprete de jazz y música popular, a quien Julio Cortázar conoció durante una de sus visitas a Cuba. Canciones que inspiran versos que a su vez vuelven a engendrar música: un juego mágico.

    Que las composiciones poéticas tienen mucho de música (dado que contienen algún tipo de ritmo —haya o no rima o métrica determinada—, y una melodía implícita en la selección de las palabras escogidas) es incuestionable; que las letras de algunas canciones son pura poesía es evidente; que la música y la poesía se entrelazan de forma única es apasionante.

  • EL VIAJE EN POESÍA

    EL VIAJE EN POESÍA

    Ítaca

    Si vas a emprender viaje hacia Ítaca,

    pide que tu camino sea largo,

    rico en experiencias, en conocimiento.

    A Lestrígones y a Cíclopes o al airado

    Poseidón nunca temas:

    no hallarás tales seres en tu ruta

    si alto es tu pensamiento y limpia la emoción

    de tu espíritu y tu cuerpo.

    A Lestrígones ni a Cíclopes, ni al fiero Poseidón

    hallarás nunca

    si no los llevas dentro de tu alma,

    si no es tu alma quien los pone ante ti.

    Pide que tu camino sea largo,

    que numerosas sean las mañanas de verano

    en que con placer felizmente arribes

    a bahías nunca vistas.

    Ten siempre a Ítaca en la memoria.

    Llegar allí es tu meta,

    mas no apresures el viaje,

    mejor que se extienda largos años,

    y en tu vejez arribes a la isla

    con cuanto hayas ganado en el camino,

    sin esperar que Ítaca te enriquezca.

    Ítaca te regaló un hermoso viaje,

    sin ella el camino no hubieras emprendido,

    mas ninguna otra cosa puede darte.

    Aunque pobre la encuentres, no te engañaría Ítaca.

    Rico en saber y en vida como has vuelto

    comprenderás ya que significan la Ítacas.

    Konstantin Kavafis

    Cualquier página dedicada al viaje en poesía debe volver los ojos a Cavafis. No puede ser de otra manera. Porque si alguien ha hecho de las ítacas, de las metas vitales una metáfora insoslayable, es el poeta griego. Este poema es, acaso, el paradigma literario del viaje en poesía contemporánea. Como lo fue la Odisea de Homero en la Antigüedad (y en quien se inspira Kavafis). El viaje, el camino por andar, el horizonte por alcanzar es sinónimo de vida. Por tanto, esa búsqueda de Ítaca hemos de esperarla longeva y próspera, porque lo importante es la duración y la intensidad, no la llegada. Las metas que nos marcamos en la vida han de quemarse lentamente, dejándonos impregnar por el aprendizaje de cada uno de nuestros pasos nos da. Habrá cíclopes y miedos en nuestra andadura, por supuesto, pero un alma íntegra y perseverante sabrá mantener el rumbo y el aprendizaje permanente.

    Para tener una perspectiva razonablemente clara sobre el viaje en poesía, hemos de remontarnos al Poema de Gilgamesh, (2000 a.C.), de autor anónimo, considerado el primer escrito que habla de la fundación e historia de Uruk. Uruk es considerada la primera ciudad construida sobre la faz de la Tierra, nacida hacia el 3.500 a.C aproximadamente en Mesopotamia, en el sur de lo que hoy sería la actual Irak. Cuenta la leyenda que fue la ciudad del héroe Gilgamesh, cuya epopeya es la historia escrita y datada más antigua del mundo, descubierta en 1853 y compuesta por doce tablillas de arcilla. La epopeya de Gilgamesh cuenta la historia de un rey tiránico al que los dioses envían un enemigo (Enkido), convertido luego en amigo y fallecido después. A la muerte de Enkidu, Gilgamesh viaja errante buscando la inmortalidad.

    La ya mencionada Odisea de Homero (Siglo VIII a.C.) narra el viaje de regreso a casa de Ulises después de la Guerra de Troya, para reclamar su trono. Este poema está estructurado en 24 cantos y se suele dividir en tres partes: la telemaquia, el regreso de Odiseo y la venganza de Odiseo. Según sabemos, La odisea, así como la Ilíada (también de Homero), eran parte de la tradición oral antigua, y eran cantadas de pueblo en pueblo por los rapsodas, hasta que en el siglo VI a. de C., Pisístrato, gobernador de Atenas, decidió recopilar los poemas homéricos. A partir de este momento, quedaron fijados como registro escrito. La historia narrada comienza cuando finaliza la guerra de Troya, narrada en la Ilíada, hasta el momento en que finalmente Ulises (Odiseo) vuelve a su hogar, muchos años después, y tras un cuento enfrentamiento con los usurpadores de su trono y pretendientes a la fuerza de su esposa, se alza con la victoria:

    Todos los pretendientes murieron, y el suelo del salón de trono se llenó de cadáveres. Todo era un mar de sangre.
    Y Ulises pudo reinar finalmente en Ítaca, con su mujer Penélope y su hijo Telémaco.
    Y aquí acaba la historia de La Odisea, de Homero.

    En el siglo IV d.C.) aparece la primera narradora, Egeria, una mujer cristiana cuyo diario de viaje, conocido como el Itinerarium Egeriae, describe su peregrinación desde Galicia a Tierra Santa. La obra es un conjunto de textos en latín escritos. Como libro de viajes, es una fuente importante para conocer la situación en ese momento de las zonas recorridas, puesto que la autora va contando las costumbres, creencias populares o rituales religiosos de los lugares por los que va pasando. Está escrito en primera persona en el latín coloquial o vulgar utilizado en la vida cotidiana. Es, en definitiva, una crónica humana en la que la autora expresa sus sentimientos ante cada situación que vive en el camino y lo dirige a un grupo de mujeres mencionadas con la expresión «dominae sorores», fórmula común para referirse a amigas y compañeras.

    Pero como muy bien se ve en el caso de Egeria, los viajes parecen prestarse más a ensayo, diario o relato que a poema. En la Edad Media fue un eje vertebrador de la literatura de viajes la obra de Marco Polo y su Libro de las maravillas del mundo. Pero seguimos en el terreno de la prosa.

    El tema del viaje también está presente en los relatos de conquista como el Poema de Mio Cid (hacia 1200), cantar de gesta anónimo que relata las heroicas hazañas de Rodrigo Díaz de Vivar, el caballero castellano que hace de su viaje de destierro un camino de conquistas desde Burgos hasta Valencia. También aparece el viaje vinculado a obras del Romancero de aventuras o al Mester de Clerecía (Milagros de Nuestra Señora, de Berceo).

    Ya en el Renacimiento, tenemos en Portugal a Luis Vaz de Camoes (1524-1580), cuya obra Os Lusiadas se constituye como un poema épico dividido en diez cantos en el que narra el viaje de Vasco de Gama a la India. Si Camoes se inspiró en La Eneida de Virgilio y en modelos más cercanos a su época, como el Orlando furioso, de Ariosto, su genialidad estuvo en narrar sucesos de la historia contemporánea de su patria. Él mismo había sido viajero a la India, náufrago y combatiente, y supo ver que los asuntos para la épica no había que buscarlos en sucesos lejanos y legendarios, sino en los viajes de los marineros portugueses, que él había vivido:

    Las áncoras tenaces van levando,

    Con la grita nautil acostumbrada:

    De la proa las velas solo dando,

    A enfilar van la barra, de bordada.

    Alas la bella Ericina, que guardando

    Iba siempre á su gente denodada,

    Viendo la gran celada, tan secreta,

    Del cielo al mar se lanza, cual saeta.

    Si te has adentrado aunque sea un poco en la poesía japonesa, es muy probable que conozcas este poema escrito por Matsuo Bashō 松尾芭蕉 

    A finales del s.XVII, es destacable la figura de Basho, considerado por muchos como «El poeta de Japón». Matsuo Bashō vivió en el siglo XVII y es, probablemente, el poeta japonés mejor conocido en occidente. Hijo de un samurái de bajo rango, nació cerca de Ueno y algunos biógrafos cuentan que fue cocinero de profesión. Ya desde joven cultivó la poesía y a lo largo de su vida adquirió una fama notable. Su obra incluye diversos géneros poéticos pero sus haikus son las composiciones más conocidas.

    Fue reconocido como uno de los mejores poetas de su tiempo y en sus peregrinajes, los aspirantes a poeta lo seguían ahí donde fuera y la gente lo invitaba a su casa para darle un lugar donde comer y reposar de sus largas caminatas por los pueblos. Matsuo Basho era un hombre de viaje ya que hizo varios peregrinajes largos en una época en la que el medio más común era caminar y había todo tipo de peligros en los caminos. A veces pasaba un año o más fuera de su casa y casi siempre estaba acompañado por estudiantes o gente local que lo acogía en sus casas. A Basho le gustaba ir a lugares y ver todo en detalle: vistas panorámicas famosas en la temporada adecuada como los cerezos en flor o la luna llena, templos, sitios históricos y dondequiera que iba, escribía. Escribía haiku y renga para inmortalizar esos lugares visitados:

    De los cerezos en flor

    al pino de dos troncos:

    tres meses.

    Si he de morir

    en el camino,

    que sea entre los campos de trébol.

    Al despedirme,

    escribí algo en el abanico,

    pero lo borré.

    En la montaña de verano,

    adoro las sandalias divinas;

    viaje a la vista.

    Entre las olas:

    acá, los pétalos,

    allá, las conchas.

    Los viajeros de la Ilustración siguieron rendidos a la prosa, la prosa de viajes. Alexander von Humboldt (1799-1804), recorrió más de 2000 destinos entre América, Europa y Asia. En el siglo XVIII se pudo de moda entre los nobles viajar, sobre todo por Europa.

     Charles Darwin (1831-1836) viajó en el s. XIX para obtener datos de la flora y fauna de varios lugares del mundo (especialmente de las Galápagos), lo que lo llevó a desarrollar la teoría de la Evolución. En el siglo XVII y principios del XVIII, los aristócratas ingleses y alemanes, entre otros, se dedicaron a viajar por el continente en lo que denominaron El Grand Tour. La visita obligada era París, por su carácter cosmopolita, pero se visitaba también otras ciudades de Europa, como Roma, Berlín o Londres. El motivo era didáctico, la curiosidad o el aprendizaje y se tomó la costumbre de regresar portando recuerdos o souvenirs del lugar visitado. Por ello llegaron a ser conocidos como «turistas” o “invasores”, personas desocupadas que visitaban por el mero hecho de merodear o estudiar y lo que se esperaba de ellos era que acabaran marchándose.

    Tendría que llegar el Modernismo del cambio de siglo para volver a ver la poesía tomar protagonismo. Escuchemos al nicaragüense Rubén Darío:

    El cantor va por todo el mundo

    sonriente o meditabundo.

    El cantor va sobre la tierra

    en blanca paz o en roja guerra.

    Sobre el lomo del elefante

    por la enorme India alucinante.

    En palanquín y en seda fina

    por el corazón de la China;

    en automóvil en Lutecia;

    en negra góndola en Venecia;

    sobre las pampas y los llanos

    en los potros americanos;

    por el río va en la canoa,

    o se le ve sobre la proa

    de un steamer sobre el vasto mar,

    o en un vagón de sleeping-car.

    El dromedario del desierto,

    barco vivo, le lleva a un puerto.

    Sobre el raudo trineo trepa

    en la blancura de la estepa.

    O en el silencio de cristal

    que ama la aurora boreal.

    El cantor va a pie por los prados,

    entre las siembras y ganados.

    Y entra en su Londres en el tren,

    y en asno a su Jerusalén.

    Con estafetas y con malas,

    va el cantor por la humanidad.

    En canto vuela, con sus alas:

    Armonía y Eternidad.

    Después del Modernismo llegó la voz de Machado pidiendo la palabra para perfilar su concepto del viaje como camino de venturas, sorpresas y desventuras. El autor de “caminante, no hay camino”, escribe así a un trayecto placentero en el soneto “Verás la maravilla del camino”:

    Verás la maravilla del camino,

    camino de soñada Compostela

    -¡oh monte lila y flavo!-, peregrino,

    en un llano, entre chopos de candela.

         Otoño con dos ríos ha dorado

    el cerco del gigante centinela

    de piedra y luz, prodigio torreado

    que en el azul sin mancha se modela.

         Verás en la llanura una jauría

    de agudos galgos y un señor de caza,

    cabalgando a lejana serranía,

         vano fantasma de una vieja raza.

    Debes entrar cuando en la tarde fría

    brille un balcón en la desierta plaza.

    También nos llegó el verso de Gloria Fuertes, para mostrarnos que el viaje de la vida es un frenesí irrenunciable, aunque sea cansado:

    La Tierra como león enjaulado
    da vueltas alrededor del Sol
    con su cadena de hombres.

    Desde que hemos nacido viajamos
    a ciento doce mil kilómetros por hora.
    La Tierra no se para
    y sigue dando vueltas,
    por eso hay tanto viento,
    por eso siempre hay olas,
    por eso envejecemos tan deprisa,
    por eso estamos locos,
    porque toda la vida haciendo un viaje sin llegada
    cansa mucho los nervios.

    Álvaro Mutis, en cambio, concibe el viaje como algo entre el desasosiego y la incertidumbre:

    Desde la plataforma del último vagón

    has venido absorta en la huida del paisaje.

    Si al pasar por una avenida de eucaliptos

    advertiste cómo el tren parecía entrar

    en una catedral olorosa a tisana y a fiebre;

    si llevas una blusa que abriste

    a causa del calor,

    dejando una parte de tus pechos descubierta;

    si el tren ha ido descendiendo

    hacia las ardientes sabanas en donde el aire se queda

    detenido y las aguas exhiben una nata verdinosa,

    que denuncia su extrema quietud

    y la inutilidad de su presencia;

    si sueñas en la estación final

    como un gran recinto de cristales opacos

    en donde los ruidos tienen

    el eco desvelado de las clínicas;

    si has arrojado a lo largo de la vía

    la piel marchita de frutos de alba pulpa;

    si al orinar dejaste sobre el rojizo balasto

    la huella de una humedad fugaz

    lamida por los gusanos de la luz;

    si el viaje persiste por días y semanas,

    si nadie te habla y, adentro,

    en los vagones atestados de comerciantes y peregrinos,

    te llaman por todos los nombres de la tierra,

    si es así,

    no habré esperado en vano

    en el breve dintel del cloroformo

    y entraré amparado por una cierta esperanza.

    Viajar es calzarse los zapatos de la vida y echar a andar. En pos del horizonte que sea que nos aguarda. El que forjemos. O el que nos impongan. O el que llegue, sin más. Nacer es comprar un billete de barco y zarpar. Y el viaje siempre vale la pena:

    Yo siento el viaje como un mapa.

    Un mapa que me embarga,

    lleno de cordilleras,

    de veredas como serpientes,

    de lagos como medallas de turquesa,

    de pueblitos como universos,

    y de otros átomos humildes y osados como yo.

    Yo siento el viaje como el propósito mismo de la vida.

    Viaje como la vida misma.

    Sí.

    Yo soy el viaje.

    Desde el útero hasta el polvo

    mortuorio.

    Siento el viaje como una travesía 

    donde uno es espectador

    y actor,

    y escenario,

    y aplauso

    y diálogo.

    Porque me contemplo en el espejo

    del ascensor que me baja a la calle y veo

    un guion lleno de risas y llantos,

    de asfaltos transitados y aldeas ignotas.

    De zapatos humillados por el pedregal del camino

    y de piernas bautizadas con el esplendor

    de la aurora boreal.

    Somos un escenario en ruta.

    Un funambulista empedernido

    que estaciona su inquietud

    en áreas de descanso.

    Somos un nómada en los andenes

    de la existencia.

    Porque el viaje es la vida misma

    y, nosotros, los errabundos.